QUÉ SENSACIONES tan gratas se viven cuando entablamos conversación, a través del hilo telefónico, o del tú a tú directamente, o del usted a usted. Amor no quita conocimiento.
Dialogar con una persona estable, bien equilibrada y educada es comprensible que sea placentero y está comprobado que la buena educación es la terapia más efectiva para acabar con el tedio, para desterrar los malos pensamientos, las bajas pasiones orientadas para destruir todo aquello que no va con las formas de ser del extraviado y absurdo e inadaptado social de las conjuras.
Los que hayamos aprendido en aquellas rudimentarias e inolvidables escuelitas del pueblo o de las grandes ciudades y en una época en la cual no había otra cosa mejor, salíamos algo orientados y con ganas de seguir aprendiendo. La misma vida representa para nosotros el perfil de una hermosa escuela. Aquello que nos inculcaron, el concepto de la urbanidad, el respeto y la consideración hacia los demás, ha de servirnos hoy, como fiel demostración, para aseverar que lo que digo es más que cierto. La buena educación, aquella que también nos transmitieron nuestros padres, su buen hacer, y muchas de las personas mayores que nos aconsejaban el bien son los firmes pilares de todos nuestros aciertos en la constante lucha que cada día libramos para sostenernos en pie y seguir luchando.
No se trata de justificar o maximizar las culturas élites; esas están ya catalogadas. La cultura adquirida en el seno familiar normal representa, no lo pongo en duda, la mejor herencia que hayamos recibido.
Hay, como todos sabemos, varias clases de culturas, a saber: sociable, política, económica, literaria, financiera, religiosa, etc. Todas ellas entendibles si hay voluntad de estudiarlas y conocerlas, contando con el factor tiempo, disponible para asimilarlas mejor. Pero lo que sí es maravilloso es hablar con personas que saben de lo que se está tratando, e incluso también dan sus acertadas, o no, opiniones, para así despejar dudas. Acercan sentimientos, hallamos la comunicación más fiel, más entendible. Y contra todo lo dicho respecto a esa preparación elemental para saber opinar, no me sustraigo de decir que hay personas que ligeramente juzgan a los demás creyéndose ellos eruditos en tal o cual tema y hasta apuntan cuáles son los mejores, sin serlos, y cuáles los peores. Verdaderamente, se da el caso de que sólo compran libros o se los regalan en fechas puntuales, y si los leen toman notas de espacios escritos determinados, para repetirlos en sus trabajos literarios, omitiendo a veces el verdadero nombre del autor natural. Ello, no digo que sean todos, hace pensar que algunos de sus susodichos intelectuales leen cuando caiga en sus manos y se dan a conocer como ratones de bibliotecas. De esos señores hay muchos, no lo dudemos.
Yo, porque he leído algo, que nunca será saberlo todo, pienso que un escritor no se define, de ningún modo, por un certificado, sino por lo que escribe, según recalca M.A. Bulgakov en sus sabias meditaciones. Y añade Jean-Paul Sartre: "No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan".
Así pues, aquellos que escribimos algo jamás sabremos ni quiénes nos leyeron ni quiénes tuvieron la suficiente sapiencia para alcanzar a comprendernos, ya que la intuición del lector debe superar la intención del verdadero escritor, llegar antes adonde nadie alcance entender lo entendible. No es necesario tener la casa llena de libros. Para eso están las bibliotecas públicas, cuyos volúmenes conservan más aireadas las páginas culturales del gran saber. Los conservados en casa muchas veces son simples objetos decorativos del salón noble. No siempre, pero es cierto que hay quienes compran libros y jamás los leen, no por pereza, es que los hay que no saben ni leer.
Es obvio que uno crece emotivamente cuando nos dicen entender nuestras verdaderas intenciones respecto a lo que hayamos escrito. A mí me ha sucedido leer lo que me han publicado y alguna vez no haber entendido qué quería decir con el argumento escogido, con el sentimiento liberado, con mis salvajes palabras. Y si alguien te dice de ello lo que nunca quisimos confesar y si estuviéramos de acuerdo, eso nos hace pensar nuevamente en aquello que estábamos ocultando. Cuando escribimos, tal vez sea cuando más sinceros somos hasta con nosotros mismos.
¡Ay, el silencio! Eso fue un simple suspiro que se me escapó.
Cuando escribimos a veces estamos sufriendo y sin saber por qué y nadie lo sabrá. El sólo hecho de escribir ya supone la más efectiva terapia, cuando queremos seguir siendo leales a nuestros principios y convicciones: ser transparentes ante los demás y que nos vean tal y como somos.
Ya está oscureciendo, hoy no pude ver el bello crepúsculo del ocaso, desde donde me hallo; las persianas de mi ventana toda la tarde han estado como el flácido telón de la vida: abajo, caídas, entregadas al silencio y a la ocultación de todo cuanto sucede afuera.
Me pregunto: cuántos libros, muchos muy buenos, están aún embalados en los sótanos de ciertas instituciones públicas, y los más, regados por los suelos y anegados por la humedad ambiental y roídos por las ratas, en el más inaceptable abandono, por no molestarse en llevarlos a las distintas bibliotecas públicas de barrios o a las asociaciones de vecinos. De buena fuente, con estupor lo he sabido y he sentido vergüenza ajena. Sin ir más lejos, libros de la Historia de Canarias en la basura. Y tantas escuelas necesitándolos... Ah, otra cosa, hay señores que se los llevan para sus casas como objetos decorativos y por propia presunción. Eso debiera ser corregido, que me escuchen los responsables más directos de tales descalabros y pongan prontamente remedio a este triste asunto.
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