DESPUÉS de haber abordado, con más o menos acierto, los temas prioritarios a los que, se supone, nos vamos a dedicar los europeos en este año 2010, y después de haber dado mi punto de vista sobre el acercamiento de las culturas y la lucha contra la pobreza, me queda por último comentar lo referente a la exclusión social. Desde luego que si de algo nos está sirviendo esto de la crisis económica es, sin duda, para bajarle los humos de superioridad a una determinada clase de sociedad que disfrutaba mirándose el ombligo; creo que nos está sirviendo, además, para darnos cuenta de que todo es posible en esta sociedad del caos globalizado; y que, por tanto, estamos comprobando en nuestras propias carnes -en este caso se podría decir en nuestros propios bolsillos- que nadie está libre de verse reflejado en el espejo de la exclusión social.
Hasta hace bien poco veíamos la realidad, la triste, penosa, patética, dolorosa y desesperanzadora realidad, reflejada en el rostro de los demás. Era como si nosotros, cualquiera de nosotros, estuviéramos viendo una realidad virtual cuyos protagonistas fueran siempre nuestros semejantes. Pero el reflejo de dicha realidad, repentinamente, se ha adueñado de las vidas y, sobre todo, de las haciendas de una inmensa mayoría de ciudadanos: los ricos, los menos perjudicados por razones obvias; la clase media en general, los más afectados, que parece como si de pronto hubieran bajado un escalón, o varios, en la consideración social y, sobre todo, en el poder adquisitivo del que venían, si no disfrutando, sí al menos alardeando; y, por último, la clase media baja, que no es que haya descendido algunos peldaños, sino que parece como si hubiera rodado todos los escalones hasta el mismo infierno de la consideración y el estatus social.
Si en el conjunto de España la tasa de dicha desigualdad -esa caída a la que me refería antes- ha sido de casi el 20%, en Canarias el batacazo llega al 25%, siendo la exclusión social extrema en nuestras Islas de más del 10% de la población. Una vergüenza, además de una bofetada a nuestra dignidad como personas y como sociedad. Dichas cifras indican, además, que nuestra comunidad autónoma es la que más problemas de integración social afronta; algo que no podemos dejar de relacionar con un proceso histórico mal dirigido en nuestras Islas. Por otra parte, no hemos sabido, o querido, que sería aún peor, hacer una justa y equitativa distribución de los recursos cuando la economía nos era favorable; y, ahora, que corren vientos gélidos para la economía, nos damos cuenta de los excesos que hemos cometido y que nos han conducido a una pobreza económica que tiene mucho que ver con nuestra falta de previsión en lo referente a las condiciones de un mercado de trabajo demasiado rígido y excesivamente centralizado en el ladrillo.
Es evidente que el lenguaje no sólo sirve para definir la realidad, sino que, en cierta forma y medida, tarde o temprano lo termina conformando. En una sociedad como la nuestra, tan competitiva, se ha primado la exclusión como un instrumento válido de diferenciación. Pero no hay que olvidar que la competitividad es excluyente por naturaleza y que, por consiguiente, hoy en día toda forma de exclusión se ha transformado en un verdadero fenómeno social que afecta directamente al conjunto de la sociedad. No podemos mirar hacia otro lado, por la sencilla razón de que están por todas partes. Pero es hora de pensar si una sociedad moderna puede sobrevivir sin prestar las debidas atenciones: política, económica y social, a quienes más lo necesitan. No es justo que en un mundo donde sobran los recursos nuestra codicia impida que todos podamos participar de dicho reparto.
Hoy más que nunca la pobreza y la exclusión social que se deriva de ello no es una mera cuestión de voluntad. El problema no es tanto que haya una diferencia entre los que más tienen y los que menos poseen, sino la injusta disparidad que existe entre los que tienen un lugar determinado en la sociedad y los que están excluidos de ella. Entre otras razones porque los excluidos carecen de la posibilidad de optar siquiera a las oportunidades económicas y sociales de las que disponemos los demás. Son como apestados. Como si no existieran: simplemente "no son" y, por consiguiente, no es necesario prestarles atención.
En el Libro Verde sobre la Política Social europea se puede leer que "los pobres, marginados y excluidos son los rostros humanos de las patologías de una sociedad enferma". Y en función de la realidad cotidiana, debemos de estar muy enfermos, social y moralmente.
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