VENTURA GONZÁLEZ, S/C Tfe.
El Tenerife agotó su escaso margen de error a las primeras de cambio. Antes de este golpe era, y sigue siendo, un equipo justito, que necesita hacer las cosas muy bien y llevar los partidos a su estilo combinativo para sacarlos adelante. No le está permitida la licencia de abandonar sus obligaciones nunca. Mucho menos en un partido tan importante como el de ayer. Pero lo hizo. Fallaron todos, los jugadores en el campo y el entrenador en la banda. Y tal vez lo pague caro este equipo, que ahora parece carne de cañón, pero que en realidad no es tan malo...
La trascendencia de este envite requería otra respuesta. Su importancia ni siquiera pareció llegar a la grada, aunque al menos la primera parte del Tenerife fue decente. Su juego no tuvo la pausa que permitiera al equipo juntarse en ataque, sacar mayor rendimiento a su dominio y entrar hacia el gol con más toque y claridad, pero así y todo, tiró media docena de veces a puerta y rondó el gol de la mano de un activo Alfaro, que primero puso en apuros a Carrizo de cabeza (10') y luego le metió un pase de gol, muy dividido y con rosca, a Nino, al que se anticipó por poco el portero en boca de remate (12'), antes de que Pablo Sicilia y otra vez Nino rematasen con peligro dos córner sucesivos, síntomas todos de que el Tenerife era el dueño de la situación. Había conseguido forzar a su rival a un repliegue sin salida. Mikel apretó muy bien a Ander y Jarosik se ahogó en su lentitud. Así, los cuatro de arriba del Zaragoza no recibieron casi nunca en ventaja en esta primera parte. Lo mejor para su equipo fue el 0-0.
Nada más empezar la segunda mitad marcó el Tenerife. Pablo puso un balón cruzado, que cayó sobre el lado débil de la defensa, a cuya espalda entró Juanlu para tocar como pudo y poner la pelota en un ángulo imposible para Carrizo: 1-0. Convendría entender que en ese punto el objetivo estaba cumplido. El problema (la necesidad) cambiaba de acera.
Sensaciones raras.- Desde el gol, la segunda parte transcurrió sombría, sin ritmo, como de soslayo. El Tenerife no fue capaz de mantener un ritmo que le permitiera conservar la posesión de la pelota. Se fue abandonando sin que nadie hiciera nada por evitarlo. Conducciones innecesarias, gente fuera de zona, pérdidas absurdas... Oltra pudo meter a Ayoze por el cansado Kome, pero se adornó: puso a Román y pasó a Alfaro a banda. De inmediato actuó Gay, que vio la necesidad de alterar la situación y metió dos cambios. Sacó del campo a Eliseu y a Diogo y reorganizó todo: Pulido de lateral; Jarosik de central, Lafita a banda y Colunga por dentro. El partido empezó a dar sensaciones raras. El Tenerife no estaba junto, sobrevivía con su ventaja, pero había perdido la autoridad en el juego, ya sin Alfaro en el circuito de influencia, muy desparecido en la banda, con los errores de Román, empecinado en jugar conduciendo y sin una buena distancia entre líneas. Es verdad que el Zaragoza aún no había avisado, pero ya preocupaba la pinta del partido. Entonces Gay metió a Arizmendi y se jugó otra carta. Modificó el dibujo, cerró atrás con tres centrales y adelantó los laterales para jugársela con 3-4-2-1. La mayor presencia ofensiva y el juego entre líneas de los medias punta le dieron frutos indirectos. Se acercó decididamente al área local, subió la intensidad para recuperar la pelota, fue más atrevido y encontró el premio en un penalty evitable que Luna cometió sobre el propio Arizmendi. Lo transformó con frialdad Suazo. Con 1-1, el miedo hizo el resto. El Tenerife no estaba preparado para esa situación, inesperada por cierto. Apareció un inquietante Colunga, que es de esos jugadores que con poco cunde mucho. Con su chispa se activó Suazo. Entre ambos fabricaron el segundo gol, producto de una absurda pérdida de balón del Tenerife, que ya no estaba en el ritmo del encuentro. El 1-2 fue el mazazo.
Oltra, superado.- El impacto del segundo gol fue brutal. Oltra reaccionó a la tremenda, quitó del campo a Ricardo, retrasó a Román y añadió a Ángel a la zona de ataque, pero fueron cambios casi testimoniales, porque el Tenerife ya no estaba. Sin fútbol, sin tranquilidad y sin el más mínimo convencimiento, encajó el tercero en un alarde de los que tiene el fútbol. O sea, de repente al Zaragoza le empezó a salir todo bien, hasta el punto de que Lafita clavó un soberbio disparo desde una diagonal de más de 20 metros. Un golazo impropio de un equipo que llegó al partido encarnando la frustración. Total, 1-3. En sólo seis minutos se fue al limbo un resultado que el Tenerife había trabajado con esfuerzo y con mérito, pero sin mucha cabeza. Oltra todavía puso a Dinei para jugar pelotas aéreas en los últimos cinco minutos. Para nada.
El Tenerife eligió el peor día para tener este lapsus colectivo.
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