No me extraña que Manuel Pizarro haya abandonado su escaño en el Congreso de los Diputados. Según él, por razones estrictamente personales; según se dice, porque se sentía infrautilizado en el PP. ¿Merece la pena seguir como parlamentario de un partido en el que una de sus líderes, en concreto "la lideresa", supuestamente llama hijoputa al alcalde de Madrid y luego lo niega? Respóndanse ustedes. ¿Merece la pena seguir como diputado de un partido cuyo presidente, el señor Rajoy, asiste impasible al hundimiento de un país, con lo que ello supone de penurias para más de cuatro millones de parados, sin dar un puñetazo sobre la mesa y decir que Zapatero no puede seguir en el Gobierno ni siquiera hasta que concluya su presidencia europea? La respuesta también se la dejo a ustedes. Y eso circunscribiéndonos al PP nacional. ¿Qué decir del PSOE canario? Unos y otros a la greña, acusándose mutuamente de franquistas o derechosos, o de extremistas con afán de crispar según convenga, mientras las Islas se hunden en la miseria con casi 300.000 parados; el porcentaje más alto de España. ¿Qué decir, igualmente, de CC, apoyando en Madrid unos Presupuestos del Estado catastróficos sólo para que Ana Oramas pueda decir que el voto de los dos diputados canarios cuenta? ¿Cuenta para qué? ¿Para que ella haga méritos de cara a un posible ministerio o un puesto en la lista de candidatos a la presidencia del Gobierno de Canarias? ¿A qué emisora de radio acudirá mañana la diputada nacionalista para desmentir esto, apostillar aquello y dar las mismas explicaciones sobre lo mismo de siempre? Por si faltaba algo, Paulino Rivero va diciendo por ahí que debemos darle tiempo al Gobierno de Zapatero para ver los efectos del Plan Canarias. De puro chiste. Lo malo es que el horno no está para chistes. ¿A qué debemos seguir esperando? ¿A que en vez de 300.000 parados tengamos 600.000? ¿Dónde están los beneficios para las Islas del apoyo incondicional al PSOE en Madrid?
Hace algún tiempo, y por razones que no vienen al caso, me convencí de que en los partidos políticos están quienes no valen para nada más. Dicho sea salvando las excepciones, que las hay y son bastantes. Una puntualización que hago no para curarme en salud ni para quedar bien con algunos; la hago porque es verdad. Hay personas muy válidas en los partidos, sin duda, pero constituyen la excepción. Eso de la abnegación y el sacrificio para servir al pueblo es una monserga; simplemente un engañabobos. Una profesión -la de engañabobos- que siempre ha sido rentable, dicho sea de paso, en un país donde los memos pululan a raudales. ¿Y quiénes son esos señores y señoras a los que les cabe el honor de ser la excepción? Pues la propia Esperanza Aguirre, por ejemplo. O Miguel Zerolo, si nos quedamos en las aguas vernáculas. Tanto la una como el otro son capaces de ponerse el mundo por montera y hacer lo que consideran oportuno en cada momento. A veces se equivocan; desde luego que sí. Para eso son humanos. No les tiembla el pulso, sin embargo, en los lances esenciales. ¿Qué es eso de estar chalaneando con el PP en Canarias y con el PSOE en Madrid? ¿A dónde conduce el jugar siempre a dos bandos? Posiblemente a ser aborrecido por ambos bandos.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD