Inmersos ya en los Carnavales, hay que entender que hay personas trabajando para quemar, como si en unas fallas se tratara, en unas pocas salidas o actuaciones, el esfuerzo vital de muchos meses de trabajo y sacrificio. Son los reyes, los que mandan, los protagonistas máximos de nuestra fiesta. No hay dinero que compense, si se mira por ese lado. La razón para entregarse es el chicharrerismo. Se nutren sólo del reconocimiento vecinal de todo un patio cargadito de voluntades que los admira y sus merecimientos nos otorgan a todos nosotros el reconocimiento como una de las grandes capitales del carnaval mundial.
A algunos, de los que se lo curran año a año sin cobrar un euro, los hemos podido reconocer a lo largo de este tiempo, porque están al frente, salen en los medios, dan la cara en representación de sus grupos o lo viven de tal manera que no pueden ser invisibles. Quizás los primeros, quizás los más capacitados, quizás los más dicharacheros. Es igual, ellos se merecen eso y más. Sin jerarquías, son los líderes del espectáculo asombroso de un archipiélago ardiendo de pasión, pero, no sé si con más o menos mérito, detrás de su estela actúan o figuran en la sombra otros cuantos miles de carnavaleros anónimos a los que, como al soldado desconocido, habría que hacerles un pedazo de monumento. Sus gestas en los pequeños trocitos del Carnaval que han dominado han quedado fuera del conocimiento público, sólo para su orgullo hicieron las delicias de todos los que los rodeaban en aquellos momentos y en nuestras neuronas siempre perdurará su humor, su categoría, su mano izquierda, su capacidad de sintonizar y trasladar a su radio de acción esta catarsis colectiva. Nos traspasaron un orgullo que hay que llevar a las calles, somos actores principales, porque en eso nadie nunca podrá igualarnos.
¿Qué me dicen de esa madre que durante días y noches, con llamadas, coordinaciones, perras y trabajo ha mantenido a su hijo/a dentro de una murga a la que ella misma le compra las rifas? Y encima tiene ganas de marcha. ¿Qué me dicen de ese grupo, sólo para salir, de varones gitanas perfeccionando sus disfraces y regando de humor del bueno por doquier? ¿Qué me dicen del que se ha gastado un riñón en una originalidad que iluminará su paso? ¿Qué me dicen del rondallero de a pie? Y del comparsero y del murguero? Es que cuando me introduzco uno y otro año en el nivel y espíritu de las aglomeraciones educadas desde chiquititos en el carnaval y el brío con el que se vive esta fiesta, me convenzo, cada vez más, de estar ante el mejor carnaval del mundo.
¿Ustedes han observado el vigor con que se expresa un murguero de la segunda fila? ¿Y los grupos? Son el verdadero patrimonio porque, como ellos, simplemente anónimos, hay decenas y decenas de miles. Montarán una fiesta en la esquina más insospechada, el afán por chuparte la sangre de aquella vampira te hará convertirte por momentos en el Conde Drácula, aunque vayas mutado de mujer policía y le claves, al final de la película, una multa.
Tiene esta antigua fiesta de invierno un paralelismo de constitución con Cádiz, quizás responsable de la inspiración de la chispa, matices venecianos, influencia germánica y, sobre todo, un carácter americano, especialmente carioca, que lo hace único.
Ni mejores ni peores, hermanados con los de São Sebastião do Río de Janeiro (once millones y medio de habitantes), copiados siempre hasta en los detalles más íntimos hay quien distingue deficientemente entre un puchero y merendar hierba.
La noche del lunes al martes de Carnaval de hace unos cuantos años, centrado en otra cosa mundana, decidí no salir a gozar del carnaval. Por la mañanita mismo, me animé a ir a Las Teresitas en bicicleta y un poco de deporte no me perjudicaba. Me equipé y allá por las doce del mediodía tiré a completar un par de kilómetros. Fui por abajo y a la vuelta subí por la rambla de Las Tinajas, en la que observe una tremenda acumulación, ¡sorpresa!, unas cuatro o cinco mascaritas con "tacones" salieron hacia mí al grito de ¡Vamos, Induráin!, ¡campeón, a por ellos!, ¡monstruo, eres el mejor!, y sin parar de animarme me acompañaron corriendo y echándome líquido por la nuca hasta la plaza de Toros.
¡Viva el Carnaval chicharrero!
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