Bajo los focos de la atención mediática se han ido despertando las conciencias. Los feriantes de uno y otro lado del mundo se citan para reuniones interminables, abundan las promesas de ayuda para que el Haití pobre se recupere de la devastación, de las desgracias descomunales que siempre respetan a los ricos. Ha empezado así la feria de la compasión, el teatro en el que aquellos que nunca se habían preocupado de la fragilidad de la sociedad haitiana, del daño que han causado al pueblo los gobiernos inestables, de las secuelas de los desastres naturales y de la carencia notoria de estructuras básicas, demandan a bombo y platillo, a voz en cuello, una limosna para los supervivientes. Una limosna que no bastará, pues a la falta de coordinación en las ayudas se suma la necesidad perentoria de reconstruir el tejido económico y el sistema político del país. Hay poca esperanza.
Los supervivientes se desesperan de sed y hambre. El paisaje está lleno de escombros y de cadáveres. Los mutilados han empezado a gangrenarse. Es Haití contra Haití, un no país rodeado de muerte tras el seísmo. La tierra donde reinan los disturbios, los saqueos, el pillaje, la violencia, el caos. El triste balance de la tragedia, la secuela de un terremoto de proporciones inimaginables que, a la vista de las imágenes que ofrecen las distintas televisiones, nos ha dejado estupefactos, obligándonos a buscar en el mapa sus coordenadas, a leer las crónicas sobre su historia reciente, a preguntarnos por qué este país misérrimo de nueve millones de habitantes muestra por sí mismo una plaga constante y sistemática de desgracias naturales y políticas. En lo que fue la Polinesia francesa, en la tierra de las flores, tatuajes y perlas negras, no hay respuestas concretas.
Muchos países, ansiosos por mostrar su supremacía en esto de la solidaridad, se lanzaron al envío de ayudas, pero en Haití no hay gobierno, se carece de instituciones que funcionen al menos para poner orden y distribuir, bajo criterios de rigor y necesidad, lo que la comunidad internacional recolectaba. La inseguridad, la improvisación, las carencias más elementales azotan a los haitianos, tanto que su ejército, su policía y las fuerzas de la ONU no han sido en los primeros días capaces de organizar mínimamente la convivencia y la ayuda en el infierno social en que se ha convertido el país. Naciones Unidas ha llegado tarde y mal, igual que la Unión Europea presidida por el quiero y no puedo de España, con el oportunismo francés en los talones, pues este país se ve obligado a implicarse en su calidad de antigua potencia colonial.
Le pese a quien le pese, una cosa es la voluntad y otra la capacidad de hacer, y solamente Estados Unidos dispone de las infraestructuras y el personal necesario para garantizar que las grandes ayudas lleguen a los haitianos. El traslado de marines -visto con algunos recelos por parte de la comunidad internacional- ha sido necesario para acabar con la anarquía y el desorden reinante. Urge el restablecimiento de la normalidad ciudadana, la concertación bajo pautas de Naciones Unidas, el socorro sistemático de agencias humanitarias y ONG y la aportación de ayudas magnánimas. Sin esta actuación obligada, calificada de ocupación encubierta por muchos, no se podría propiciar un futuro digno para este país de suerte perversa, necesitado de una solidaridad ilimitada. El terremoto del 12 de enero ha remarcarlo las carencias de Haití, un Estado fallido, inviable que, de no ser convertido en protectorado de Naciones Unidas, carece de estructura y fortaleza para salir adelante por sí mismo. De ahí la necesidad de una ayuda y cooperación de las naciones desarrolladas que favorezca su más que difícil reorganización política, económica y social, y la urgente reconstrucción de su red de infraestructuras básicas, para tratar luego de atemperar los efectos de la pobreza y el subdesarrollo que se advierten por doquier.
Haití es hoy una multitud que sigue escarbando con las manos, desesperadamente, con la vacua esperanza de rescatar de ese infierno la vida que aún queda. Los cadáveres de los que fueron amados se remueven al mismo tiempo que los escombros; los niños vagan desolados, con los ojos más grandes que nunca, en espera de encontrar lo que queda de su familia. Las alimañas, las hienas humanas, utilizan la confusión que generan el dolor y el desamparo para rebuscar en los lugares destruidos, aprovechando todo aquello con lo que se pueda especular. Las mafias negocian con todo lo susceptible de ser objeto de tráfico; los productos de las ayudas internacionales triplican su precio en el mercado negro; los amputados son multitud y la diáspora de haitianos, interminable.
Vendrán otras tragedias y el mundo se habrá olvidado de los que ahora reclaman comida, agua y medicamentos, al menos eso demuestra la historia, pero esta página de horror y muerte no puede ni debe ser sepultada con la indiferencia, Haití necesita algo más que feriantes que vendan caridad fingiendo compadecerse por la desesperación ajena.
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