Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

VICTORIA DORTA S.

Siri y su relato

31/ene/10 08:04
Compartir
Edición impresa .

Se me ocurre contarles algunas de mis anécdotas estudiantiles vividas en una época en la que el respeto y la obediencia a los profesores y profesoras eran algo casi sagrado. Ellos, desde su estratégica situación en una mesa situada junto a la pizarra, lo controlaban todo y a todos. Los escolares no nos atrevíamos a levantar la voz, ni aun siquiera a dedicar una mirada "rara" a ninguno de los docentes que nos daban clases, pues, de lo contrario, había castigo seguro; además, eso era señal de mala educación.

Más de una vez volví a casa por la tarde con la oreja derecha colorada (era la que caía más a mano, claro), y no precisamente a causa del calor reinante, sino por los tirones que recibía al no saberme ese día la lección como tenía que ser. Recuerdo que durante la clase de inglés, el profesor nos ponía en corro. Acto seguido, empezaba a preguntarnos determinadas palabras en el idioma de Shakespeare, las cuales teníamos que traducir automáticamente en el idioma de Cervantes y viceversa; si acertabas rápido a lo preguntado adelantabas un puesto, si, por el contrario, no lo sabías o te equivocabas recibías un coscorrón que te dejaba medio boba y aturdida hasta la nueva ronda. Había un alumno en mi clase al cual llamábamos cariñosamente "torrontudo". El chico era algo caprichoso y al mismo tiempo retenía poco lo estudiado; cada vez que a él le tocaba su turno ponía la cabeza preparada, como por inercia, y es que al pobre muchacho el inglés no le entraba ni con cuchara sopera. En fin, lo "positivo" de aquello, por decirlo de alguna manera, es que por temor al dichoso coscorrón la mayoría terminábamos sacando notables, sobresalientes y, si me apuran, hasta medalla de honor.

Dice mí tía Siri que en el susodicho tema ella tiene bastante experiencia. Me contó que en sus años colegiales, allá por la década de los cincuenta del pasado siglo, tuvo que aprenderse de "carrerilla", a fuerza de cogotazo (con anillo de piedra incrustada y todo) y de escribir cien veces, aquello de: los cabos de Ortegal y Finisterre, en La Coruña; el de Tarifa, en Cádiz; el de Gata, en Almería; el de Palo, en Murcia; los de la Nao y San Antonio, en Alicante; el de Creus, en Gerona? Ella asegura que si lo que le tocaba aprenderse entonces hubiese sido (entre otras cosas) los nombres de pueblos, valles, barrancos, montañas, volcanes, etc., de nuestras islas, se hubiese ahorrado algún que otro pescozón o "reglazo", pues estudiar esto último junto a la historia y las costumbres del pueblo guanche, encima de gustarle, le quedaba todo ello ahí mismito. Pero es que, claro, en nuestras islas desgraciadamente nunca ha interesado que se aprenda "demasiado" de nuestra propia tierra, sino más bien de lo de fuera.

Los castigos más comunes en los viejos tiempos de la docencia eran copiar 100 veces; golpear con una regla los dedos de una mano; expulsión de clase; de rodillas y de cara a la pared; coscorrón o cogotazo (si no te sabías la lección), etc. Hoy en día, estos castigos serían considerados como maltrato, pero en épocas pasadas era una de las fórmulas utilizadas para obligar a "aprender". Está claro que los tiempos cambian.

victoriadorta@live.be

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: