EL CONCEJAL de Seguridad de Santa Cruz de Tenerife, don Hilario Rodríguez, realizó unas declaraciones vergonzosas e intolerables. De sus compañeros de partido -que yo sepa-, sólo Ana Oramas pasó de los paños calientes y de forma contundente recriminó las palabras amenazantes de este señor "tan trabajador" contra los "godos". Hasta en el consistorio capitalino, donde conviven -o compadrean- distintos partidos, se le aceptó el escuálido intento de disculpas. El "arcarde" ni siquiera se planteó pedirle ningún tipo de explicación. El "probe" Miguel, que iba para primer espada de la política canaria, sabe mejor que nadie que ha tocado techo. Se quedó en hermoso delfín. O delfín hermoso, por ajustarlo más a la norma del español. Que poco o nada tiene ya que hacer más allá del cargo que ocupa. Como para pedir explicaciones? Pero, vayamos con la disculpa del reincidente repartidor de "tonicazos".
De un hecho de cortesía, de cuidado por el otro, de respeto, la disculpa ha pasado a formar parte de una táctica aconsejada por el asesor de comunicación. A una estrategia de habilidad social. El circuito va así: primero meten la pata, hacen declaraciones raras, o se comportan inadecuadamente, y acto seguido aparecen en los medios pidiendo disculpas. Pero ni tan siquiera se sienten culpables, lisa y llanamente lo hacen por indicaciones de sus asesores.
Desde luego, el sentimiento de culpa tiene su recorrido. Sabemos que cuando alguien se siente culpable tiene siempre las mejores razones para ello, y no conviene desculpabilizar. Otra cosa es desangustiar, que sí. Con la culpa, con la vergüenza, con el sentimiento de ridículo podemos, no obstante, comunicarnos con honestidad cuando estamos frente a seres humanos con alma.
Pero con el desalmado cotidiano, ahora asesorado en algún cursillo de habilidades sociales, nuestra única opción al escuchar sus disculpas es sonreír: soy humano, me equivoqué, pido disculpas, aprendí la lección, nunca más, bla, bla, bla... Enternecedor. Los tipos se quedan tan anchos y hasta puede que despierten aplausos entre el sector ingenuo. Sin embargo, este par disculpa-habilidad social es tramposo, es un trabajo de impostura.
Las disculpas son un hecho necesario para la convivencia cuando nacen del interés por el otro, por tener en cuenta que ha podido molestarle nuestra actitud, nuestro retraso, nuestras formas, o simplemente nuestras palabras. Pero cuando pasan a convertirse en el resultado de una instrucción, de un entrenamiento? son abominables. Esos entrenamientos evitan escuchar las razones del sujeto del inconsciente y sus lógicas desprecian la subjetividad y anulan la espontaneidad. Otra cosa es pasarse el día pidiendo perdón por existir. Lo peor es que la culpa y la disculpa eluden el sentido de la responsabilidad.
Pedir disculpas no es responder de los actos, señor Rodríguez. ¡Ñoh! Qué apellido... ¿Sueco? ¿Canadiense? ¿Egipcio? ¿Quizá finlandés? Nooo? ¡Guanche!
Feliz domingo. En quince días volvemos.
adebernar@yahoo.es
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