AYER, mientras caminaba silbando una canción de no sé quién, un golpe en mi hombro derecho me hizo volverme y reconocí a Ramoncín. Sí, ese individuo connocido en su época (cercana a la de los dinosaurios) como el "rey del pollo frito" y cuyo único tema musical del que ya sólo nos acordamos los nostálgicos era aquel de "Ríos de alcohol corren por mis venas, mujer...". Pues bien, después de la sorpresa por el inesperado encuentro, lo saludé y cuando intenté preguntarle que cómo le iba la vida, me miró fijamente y me dijo: "Sabe usted que la canción que tararea tiene derechos de autor". Le sonreí con mi mejor disposición, creyendo que se trataba de una broma o una cámara oculta en cualquier esquina. Pero comprendí de inmediato por sus afilados dientes de chupasangre que la cosa iba en serio.
Me explicó con pocas palabras que tendría que pagar el diezmo a la SGAE (Sociedad General de Autores de España) por entonar una canción que estaba en su catálogo. Traté de hacerle entender que la cultura no puede ser sólo para los adinerados, que los músicos tienen que ganarse la vida en los escenarios, como los buzos en el agua, pero no hubo manera... Y me habló de la propiedad intelectual.
Como me estaba acorralando, le pregunté, sin ánimo de ofender, que a quién o a quiénes le ingresaba la SGAE sus recaudaciones por la música de Beethoven, o al que inventó la rueda, porque supongo que al ser una propiedad intelectual o fruto del ingenio de un particular tendría unos derechos de explotación. Pero, oiga, no supo qué responderme y simplemente se quedó con la palma de la mano mendicante. Al final le volví a hacer una pregunta: ¿Pueden tener la cultura y el conocimiento humanos la cortapisa del dinero para disfrutarlos todos? Se fue sin decir nada.
(*) Redactor jefe de EL DÍA
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