HAN EMPANTANADO la situación del Parque Marítimo de Santa Cruz y un juzgado lo mantiene cerrado al público. Una instalación que se proyectó para solaz de los chicharreros ha estado sometida a los vaivenes de la demagogia y el resultado final es el de siempre; el cierre.
Una instalación de este tipo cerrada a cal y canto conlleva el deterioro de sus infraestructuras, de sus maquinarias, de las bombas de las piscinas, de su entorno. El parque marítimo ha muerto a los pocos años de haberse convertido en la obra póstuma de César Manrique. Así se honra la memoria del genial lanzaroteño y así se respetan los lugares de ocio de una ciudad que terminará por morirse del todo.
Nadie parece tener apego por las cosas, ni amor por la obra bien hecha. Todo se relaciona con la corrupción cuando son la mala leche y la desidia las que planean sobre una ciudad que no se merece esto. Un asunto que danza en los juzgados es ya de por sí un fracaso, y más de la forma en que funciona la justicia en Canarias y en España. Algo entra en un juzgado, que es el mar de las tinieblas, y jamás se solventa. Mueren los protagonistas de viejos y el asunto sigue coleando entre papeles que jamás se sustancian. El parque marítimo tiene visos de no levantar nunca más cabeza. Y hablamos por otros asuntos que han entrado abruptamente en el garaje de la justicia (como Las Teresitas), cuya vergonzosa trayectoria baje Dios y la vea. Santa Cruz se ha quedado sin playa para siempre.
Todos los millones que ha costado el parque, todo el esfuerzo que se hizo, se han venido abajo. Un lugar de ocio en el que no se pueden celebrar fiestas no sirve. En este país, el papel nos puede, nos acogota, la poca claridad de las licencias es sólo comparable al generalizado equívoco tradicional, a la picaresca, a la falta de cariño por el trabajo de los demás, a la falta de respeto hacia la ciudad, a la destrucción de todo. Se quiere acabar con todo, terminar con un espacio abierto de ocio y cerrarlo a perpetuidad con la disculpa de que incumple. Todo en este país incumple, incluso incumple el propio país en sí.
Se ha cerrado el parque marítimo y las cosas no pintan bien para la última obra del genial César. Aquí todo el mundo ha puesto su granito de arena para que el bello recinto incrustado en la zona portuaria de Santa Cruz no levante más la cabeza. Para que fenezca para siempre mientras el coro de verdugos aplaude con fuerza su desvarío.
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