EL CLIMA. Esa es la clave de nuestro éxito turístico. Quienes han nacido, crecido y vivido en un municipio como el Puerto de la Cruz, conocen, sin necesidad de que se los explique nadie, la importancia del buen tiempo para que nos visiten los europeos en invierno. Antaño me decía un camarero portuense que cuando el cielo estaba nublado resultaba imposible soportar a los clientes. Eran años en los que primaba la temporada invernal. Los días de lluvia, los huéspedes de los hoteles arañaban con la mirada. Hoteles como el Taoro, hoy cerrado y arrinconado. Qué lejos están los años veinte, los treinta y hasta los cuarenta; los años de la contienda mundial, cuando la colonia inglesa y alemana refugiada en el Norte de la Isla no andaba ni junta, ni revuelta. Años de penurias, en los que la imaginación esquivaba a la miseria para no perder la elegancia en el vestir. Años en los que, pese a todo, jamás faltaba el "Té danza" cada domingo por la tarde en los jardines del Taoro.
Luego llegaron los sesenta con sus prodigios y su boom. Década en la que Europa, económicamente recuperada de la guerra, empezó a viajar en masa. Al Puerto de la Cruz venían los ingleses y los alemanes de clase media -ahora ya juntos pero no demasiado revueltos- por la misma razón que venían los aristócratas y potentados de ambas naciones a finales del siglo XIX: por el clima. Varios portuenses propusieron en cierta ocasión construir un monumento a la temperatura de la ciudad. Una de las más estables del mundo, a entender de ellos, pues rara vez baja de los 14 grados en invierno, ni supera los 24 en verano. Veranos de panza de burro a los que se han acostumbrado tanto los ranilleros, hasta el punto de que para ellos un día nublado se les antoja apacible. Eso en verano.
Los inviernos típicos del Valle de la Orotava son soleados. Sobre todo, como ha ocurrido este año, cuando el anticiclón de las Azores se expande mucho. Dos o tres años así consecutivos disparan la ocupación turística. La propaganda boca a boca -o boca a oído, si se prefiere- siempre ha funcionado. Naturalmente, dos o tres años seguidos de inviernos lluviosos producen el efecto contrario. Por eso el turismo de las tres eses -sun, sand and sex- huyó hace tiempo del Puerto de la Cruz para posarse en Playa de las Américas. Otro tipo de clima, desde luego que sí, pero siempre el clima.
En definitiva, dejémonos de monsergas: los turistas siguen viniendo a Tenerife en invierno porque a día de hoy Europa entera está bajo diez centímetros de nieve. Y en verano porque los peninsulares se asan tierra adentro, o se guisan en ese caldo espeso que es el mar de las playas mediterráneas atiborradas durante el estío. Nada más. Y como el clima es lo único que todavía no hemos podido destrozar -ese asunto lleva un poco más de tiempo; tengamos paciencia-, me pregunto, tan sólo me pregunto, si en vez de gastarnos millonadas en llenarle la barriga a agentes turísticos en la Fitur y otras ferias al uso, no haríamos mejor si dedicásemos ese dinero a limpiar las carreteras y adecentar el paisaje hasta donde nos sea posible; o, en el peor de los casos, a plantar árboles y palmeras en las cunetas para que los guiris no reciban el latigazo visual de la obra suprema de todo mago que se precie: las casas auto construidas siguiendo los cánones del belillaje oficial.
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