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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

El martirio cristiano

20/ene/10 07:57
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LOS CRISTIANOS, al proclamar sus mártires no tienen más interés que el de buscar en la sangre purificada por el amor y la muerte la semilla de la reconciliación. "Perdonaos mutuamente, como Dios os perdona a vosotros" (Ef. 4,32). Este es el mensaje de todos los mártires cristianos. Y con este testimonio, la Iglesia Católica los reconoce como santos. Hoy celebramos la fiesta de S. Sebastián, mártir en Roma, en tiempos de Diocleciano y Maximiliano; de ellos fue muy apreciado como fiel militar (s.283-296), hasta el punto de ponerle al mando de la primera cohorte de la guardia imperial. Desde esta posición tan distinguida, supo ocultar a los emperadores su fe, se esforzaba en ayudar y confortar a los cristianos en la cárcel. También hizo milagros y conversiones entre la nobleza romana y enterraba cristianamente a los mártires. Se distinguía como cristiano, una persona totalmente insobornable y leal.

Ya habían transcurrido unos treinta años, cuando Diocleciano sucede a Decio en el imperio romano y en persecución a los cristianos. Diocleciano tenía ya su palacio minado de cristianos, entre ellos el capitán de su cohorte, Sebastián el impávido, a quien llamaron defensor de la Iglesia y hoy diríamos presidente de Acción Católica, o quizás, con más precisión, presidente de los "cursillos de cristiandad". Su apostolado fue de lo más audaz: sabio y vital.

Por esta vivencia de fe cristiana fue denunciado ante el emperador; y, como soldado, elevado a capitán, fue condenado a morir asaeteado. Los arqueros del emperador dispararon sobre él hasta que cayó al suelo bañado en sangre. Todos creían que estaba muerto, pero santa Irene, viuda, que quería enterrarlo, observó que aún respiraba y lo cuidó hasta que recuperó la salud. Entonces, Sebastián se lanza con el mismo vigor a confesar la fe que tan ardientemente vivía, enfrentándose valientemente al emperador y le reprochó su crueldad para con los cristianos. El emperador, sobresaltado al ver ante sí a aquel a quien todos consideraban muerto, dio orden de que lo maltratarán a golpes y arrojarán su cadáver a una cloaca. Sin embargo, Lucina, devota cristiana, lo ocultó y lo enterró en la Vía Appia. En el año 367 se levantó allí una de las siete principales basílicas de Roma. Concretamente la que hoy se conoce como iglesia de S. Sebastián.

De esta manera, Sebastián fue atravesado por las flechas, pero no murió, sobrevivió, incluso se mostró todavía más valiente que antes e hizo ver al emperador su crueldad. Varios historiadores nos muestras las flechas clavadas en este mártir un símbolo para todos los cristianos, pues a menudo nos podemos ver expuestos a los flechazos de otras personas. Sebastián quiso infundirnos valor, diciéndonos que estas flechas no pueden herirnos. Producen dolor y pueden matarnos, pero no pueden herir nuestro interior. En nosotros hay un ámbito invulnerable. Las personas pueden calumniarnos, hacernos mal, herirnos?, pero no pueden llegar a nuestro verdadero núcleo, que está en manos de Dios.

También Sebastián es un signo de esperanza en su martirio cuando estamos enfermos, pues, efectivamente, la enfermedad puede matar nuestro cuerpo, pero no nuestra persona. S. Agustín decía que "la persona -el ser humano- es la moneda de Cristo; allí está la imagen de Cristo; allí, el nombre de Cristo; allí, el cargo y el oficio de Cristo". La naturaleza real de ser humano es divina. Y por eso, también, el propósito de la vida del ser humano es descubrir y vivir esa divinidad.

* Capellán de la clínica S. Juan de Dios

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