LOS MIRLOS recuperan el espacio perdido en sus dominios de la ciudad. Sus melodías se sobreponen al sopor del ruido cansino y monótono de los claxons del estrés anidado en lo cotidiano que troca el afán de supervivencia en caída al vacío. Ajenos al bullicio de la calle campean por los parterres o se caen del regazo de una rama anónima cuando aún son pequeños o han descubierto prematuramente la aún endeble fuerza de sus alas. Una mañana obró el milagro en la verja de la terraza, se había posado un gorrión, una especie de pájaros que creía extinguida, y que otrora fueron compañeros inseparables de la infancia.
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