ANTES los niños aprendían desde muy pequeños a apagar la luz cuando salían de una habitación. Entonces la electricidad era un bien lo suficientemente preciado para ahorrarlo incluso de forma cicatera. Lo mismo ocurría con el teléfono. Telefonear era un acto extraordinario por su coste; un dispendio que no admitían las economías familiares de la época. Por supuesto, hablar telefónicamente con Madrid, o con cualquier lugar de la Península, era un acontecimiento más extraordinario aún; algo reservado para las ocasiones excepcionales: la Navidad, el cumpleaños de alguien, el nacimiento de algún hijo o el fallecimiento de un familiar. En definitiva, a los recibos de la luz y del teléfono se les tenía respeto.
Huelga decir que la situación ha cambiado. Un gerente me comenta a menudo que su empresa ha ido bien durante los últimos años porque alguien -presumiblemente él, aunque eso no lo dice en voz alta porque es una persona comedida- se ha ocupado de ir apagando las luces que la mayoría deja encendidas. Supongo que a ese directivo, como a la mayoría de nosotros, lo educaron en el prudente arte del ahorro. La situación, insisto en ello, ha cambiado. He visto con mis propios ojos como un individuo se iba de vacaciones a Estados Unidos y dejaba encendido el ordenador de su despacho. De nada han servido, al menos en su caso, meses y meses de campañas del Gobierno central -y también de los autonómicos- sobre el hecho incuestionable de que la energía menos contaminante de todas es la que no se consume.
Me imagino que esto es consecuencia de la generación de la abundancia. Llevábamos, antes del advenimiento de la crisis, más o menos quince años de bienestar económico. Considerando que nadie empieza a ser consciente de lo importante que resulta controlar el gasto hasta después de haber vivido década o década y media en este mundo, resulta que pocos de quienes ahora tienen menos de 25 ó 30 años son conscientes de que los niños no vienen de París traídos por una cigüeña. A partir de estos postulados, ¿puede sorprendernos que de las 686.204 bombillas de bajo consumo almacenadas en las oficinas de correos de Canarias sólo se hayan retirado 102.700 durante el año 2009? El único requisito para conseguir una gratis es presentar uno de los vales que se entregaron junto con la factura de la luz del mes de agosto. El fracaso de la iniciativa -fracaso es un término moderado para calificar semejante ridículo- ha sido menor en otras comunidades autónomas, pero también se ha producido en la Península. Un traspié que no desanima a Miguel Sebastián, a la sazón ministro de Industria, Comercio y Turismo, pues ya ha anunciado una segunda fase para este año. Eso sí, los responsables de Correos le han preguntado, tímidamente para no ofender, qué hacen con los cientos de miles de las bombillas -medio millón largo- que nadie ha recogido aún.
En este punto de la historia uno puede echarse al monte del rasgado de vestiduras y decir que la gente es lo que es. Mal análisis, empero, porque el planteamiento es otro. La gente pasa de recoger las bombillas porque le cuesta más acudir a su oficina de correos en gastos de desplazamiento y de tiempo empleado, que comprar la milagrosa luminaria en una tienda del ramo. Y no digamos nada si el vecino en cuestión encima tiene que hacer cola para que lo atiendan. Hace poco tuve que retirar una carta certificada y observé, un tanto pasmado, como una funcionaria le explicaba a otra no sé qué cosa de un ordenador mientras varias personas esperaban para ser atendidas. Menos mal que iba por un certificado de conveniente aceptación; si hubiese estado allí para reclamar mi bombilla, posiblemente se la habría hecho comer a tan diligente individua.
Ironías al margen, el asunto de las bombillas es de pena por dos motivos. Ante todo, porque en este país mucha gente habla de ahorro energético y de su importancia para soslayar el cambio climático, pero sigue sin poner manos a la obra. Quiero decir poner manos a la obra en el ámbito personal; el único en que cada cual puede hacer algo pequeño, infinitesimalmente pequeño, sí, pero muy importante si lo sumamos a muchas otras acciones también pequeñas pero en ningún caso nulas. Dicho de otra forma, si de verdad queremos ahorrar energía, donde hay que ir no es a Correos para recoger una de bombillas del ministro Sebastián -un invento inútil que, por si fuera poco, cuesta muy caro- sino a la tienda correspondiente para comprar luminarias de bajo consumo convencidos de que, pasado algún tiempo, habremos amortizado con creces la pequeña inversión. Tampoco estaría de más, ya que estamos en el asunto, recuperar la buena costumbre de apagar la luz al salir y de usar el teléfono para hacer citas, no visitas.
Al final, como en todo, volvemos al ineludible tema de la educación. Cunde más gastar el dinero de las bombillas que nadie va a buscar en contratar a especialistas que enseñen en las escuelas la mejor forma de ahorrar. Pero tampoco especialistas muy especializados -gente de esa que cobra un montón por no decir casi nada-, sino alguien capaz de recordarnos lo que nos enseñaban nuestros padres y nuestros abuelos: utilizar el sentido común.
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