MI PRIMER coche fue un seiscientos. Verde pastel. Con él descubrí -entre otras cosas- el poder de la fe. Estrenaba veinte años y el carné de conducir. Lo vi aparcado a un lado en un taller. Lleno de polvo y sin revisar. Esa misma mañana me lo llevé. Cincuenta y cinco mil pesetas. Un montón para las posibilidades de mi padre. El brillo de mis ojos le sirvió de aval. Ni instrucciones, ni revisiones, ni leches... Salí con él puesto. Como si fuera un traje.
El poder de la fe. Los seiscientos llevaban el depósito en el maletero y para echar gasolina había que abrirlo. Mi intuición me llevó a pensar que una palanquita que había junto al freno de mano era el tirador que lo abría. Y así cada vez que tenía que repostar, tiraba de allí y el de la gasolinera levantaba el maletero sin más esfuerzos. Un día, estando en el surtidor, y yo fuera del coche, el empleado tiró de una palanca y el maletero se abrió el solo, casi una cuarta. Le dije que cómo lo había hecho y me remitió a la correspondiente palanca que no era la que durante tres meses había hecho el milagro de abrir el maletero, sino otra que había debajo del salpicadero. Me explicó que aquel botoncito del que yo tiraba era el del aire. Nunca más conseguí abrir aquel maletero desde el dichoso botón y mira que lo intenté. Por eso sé que la fe mueve montañas. Y cerraduras.
Estos días he vuelto a recordar aquella máquina de la carretera, que sabía andar de noche sin luces, caminar con el freno de mano echado y con una capacidad de carga inimaginable (no pocas veces fuimos hasta ocho). No me digan cómo. Tenía un radiocasete con dos cintas. Una de Antonio Flores y la otra de Simon y Garfunkel. "Mrs. Robinson" era una de mis favoritas. Hoy la he vuelto a escuchar en You tube.
Desde hace unos días missis Robinson ya no es la de la canción, sino una madura irlandesa devota cristiana del Tabernáculo Metropolitano de Belfast. Diputada, concejal y esposa del ministro principal del Irlanda del Norte. Famosa por su fanatismo religioso. Azote de homosexuales y libertinos. Eso en la vida pública. Y una hipócrita de tomo y lomo, en privado.
Mrs. Robinson, traicionando su puritanismo, se beneficiaba al hijo de su carnicero. Un criajo de diecinueve años, al que le regaló unos 50.000 euracos para que se montase un bar.
A la señora Robinson se le olvidó que la mujer del César, además de parecerlo, ha de serlo. El desliz no podía pasar desapercibido por evidentes motivos. Primero por los cargos que ocupaban tanto ella como su marido, miembros del Parlamento británico y del Úlster. Segundo, por el alarde de puritanismo y extremismo religioso del que siempre han hecho gala ambos, protestantes pentecostales. Tercero, por la gran diferencia de edad. De los 19 del tal Kirk, a los 59 de la señora. Y cuarto, porque ella fue quien convenció a dos constructores para que donasen 27.000 euros cada uno para sufragar los gastos de rehabilitación de un café que el joven quería regentar, además de influir decisivamente para que le otorgasen la licencia.
Esta Iris Robinson es también la misma que, en plenas primarias para las últimas elecciones de EEUU, reprochó a Hillary Clinton que perdonara las infidelidades de su marido. "Ninguna mujer puede aceptar lo que ella toleró a su marido cuando era presidente. Sólo estaba pensando en el futuro de su propia carrera política", declaró. Hay que joderse.
Todo político, como cualquier ciudadano, tiene derecho a una vida privada, a hacer de su capa un sayo. Pero un político que apela a la religión para intentar imponer un modelo de comportamiento al conjunto de la ciudadanía, tiene que ser consecuente con ese credo. Y predicar con el ejemplo. Dar trigo.
Hoy cuentan que el pibito no sabía cómo quitársela de encima. Que llegó a decirle que tenía un cáncer de testículos para así cortar la relación.
Ustedes mismos... a ver si el siguiente artículo les digo algo sobre los controladores. Ese endemismo de trabajadores tan sufridores ellos.
Feliz domingo. Hasta dentro de quince días.
adebernar@yahoo.es
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