En ninguna parte del mundo civilizado -otra cosa sucede en los países en donde impera la barbarie- se permite la utilización de petardos para celebrar unas fiestas tranquilas, como deben ser las navideñas.
Al margen del peligro que la utilización de esos elementos explosivos entraña, especialmente para los niños, la permisividad en su venta causa estragos en los nervios de los ciudadanos.
¿Quién dice que cualquier organización terrorista no puede hacer acopio de esa pólvora, vendida libremente en algunos puntos, para fabricar artefactos que causen verdadero daño? ¿Quién está controlando la venta de esos petardos? ¿Se sanciona a los establecimientos que supuestamente vulneran la ley con su libre expedición?
El colmo ha llegado en Nochebuena, en las ramblas de Santa Cruz, tomadas literalmente por una horda que destroza jardines, practica el botellón ante la Policía, lanza los petardos en las piernas de quienes no quieren participar en esa danza bestial y desafían de una forma impune a la autoridad.
La policía lo único que pudo hacer es patrullar por la zona, en coche, y llamar a las ambulancias para atender a quienes se propasaban con la bebida. El espectáculo era de lo más lamentable.
La juventud isleña está pasando por un momento crítico, abandonados los valores de la buena educación y de la decencia; esta es una tierra de nadie, en la que se ha perdido la autoridad y todo el mundo se cree con derecho a destrozar el mobiliario urbano, los jardines, a pintorrear las estatuas de artistas importantes que las han donado a la ciudad y a cometer todo tipo de desmanes contra la cosa pública. Como ejemplo pongo la escultura de El Guerrero, de Henry Moore, una de las más famosas y valiosas de entre las que pueden contemplarse en la ciudad, que ha sido objeto de docenas de atentados en forma de pintadas, martillazos y otros desmanes. Actualmente en fase de restauración, parece haber gente pendiente de que se limpie para volverla a ensuciar.
La noche de Navidad superó todos los límites permisibles. Se trata de esas modas que duran pocos años, pero cuyos protagonistas destrozan todo lo que encuentran a su paso, poseídos por el alcohol y por la droga.
Naturalmente que deseamos que la juventud se divierta, pero sin romper lo que es de todos, sin atentar contra el patrimonio de la ciudad, sin practicar el vandalismo más propio de la kale borroka que de una juventud isleña otrora tranquila y apacible. Y respetuosa.
Las fuerzas de seguridad no deben demostrar debilidad ante estos desmanes, sino detener y poner a disposición judicial a estos gamberros. Otra cosa es que entren y salgan de los juzgados como Pedro por su casa. Que esta es también marca de la casa.
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