DICEN las "señorías" del Parlamento de Canarias que se despiden de un año difícil y se preparan para recibir otro complicado. Ha sido difícil, añadimos por nuestra parte, para el pueblo obligado a costear con el sudor de su frente, y mientras está pasando hambre, las dietas y sueldos que se incrementaron en su momento los diputados autonómicos a pesar de la crisis. La mayor desvergüenza política que se ha cometido en la historia de esta apabullada tierra canaria. Por si fuera poco, durante estos doce meses que dejamos atrás, no han tenido la decencia de rebajárselos. Ande yo caliente, que lo pase mal la gente. ¡Qué infamia política! Y todavía se atreven a decir que se despiden de un año difícil. Deberían decir que dejan atrás un año vergonzoso.
También nos producen sonrojo las declaraciones del señor Barragán, portavoz del nacionalismo oficial en el Parlamento; una persona a la que llamamos político únicamente por vicio y abuso del lenguaje, ya que un auténtico político es una persona totalmente distinta a lo que es él. El señor Barragán, de respetable apellido, opina que el próximo año será el de la recuperación. Genial. Acabamos de descubrir a un experto economista y a un gran futurólogo. A un augur con bola de cristal y túnica de seda azul con estrellas doradas. Lo que hay que oír. Lo peor de todo es su lamento porque la reforma estatutaria no se haya llevado a cabo este año. Esto es para carcajearse. ¿Cómo es posible que a estas alturas, con la independencia ya a las puertas, alguien que afirma ser nacionalista siga pensando en reformar, para prolongar en el tiempo, un Estatuto que nos disfraza de comunidad autónoma con el fin de mantenernos bajo el yugo español y, por si esto fuera poco, ampara también las tres grandes afrentas contra Tenerife? Aunque quizás 2010 no sea el año en que logremos nuestra emancipación como país, a pesar de que así lo ha dispuesto el Comité de Descolonización de los Pueblos de las Naciones Unidas. Eso supondría que el pueblo canario continuaría como lacayo y prisionero del pueblo español, no del pueblo peninsular ya asentado en nuestras islas, pues esas personas son canarias salvo que hayan optado por convertirse en godos aunque teñidos de isleños. Llegado el caso, habría que incoar expedientes para ver sus tendencias. El peninsular que conviva con nosotros ha de ser canario de sentimientos, aunque oculte sus intrasentimientos.
Volviendo al caso del señor Barragán y su pena por el retraso de la reforma del Estatuto, nos preguntamos para qué y a cuenta de qué esa modificación. ¿A qué reforma se refiere? ¿A la que implica establecer normas de traspaso de poderes de España a la Nación canaria? Esa sí que es la función de un nacionalista, y no la de llenarse los bolsillos políticos a costa de un pueblo que le dio su confianza para que lo liberara de las cadenas que lo esclavizan desde hace seis siglos. ¿Piensa en eso el señor Barragán cuando habla de reforma o, para no variar, piensa en un ligero maquillaje para que todo siga igual? Es decir, para que sigamos siendo la finca de los peninsulares, que han destacado a los cuatro godos de la prensa con el fin de que nos intoxiquen informativamente como hacía el doctor Goebbels con los alemanes en tiempos de los nazis.
Barragán debería analizar en conciencia si debe seguir en las filas nacionalistas y, lo que es más importante, si debe seguir como portavoz de su grupo. Acto seguido, debería marcharse del Parlamento y abandonar la política, porque eso es lo que le impone su triste currículo como hombre público. Su ausencia no se notaría ni siquiera en ese antro político donde se persigue la libertad de expresión en que él, y otros como él, han convertido el Parlamento, porque no sirve. Lo repetimos: un político es una cosa, y Barragán otra.
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