DESCONOZCO si Aminatu Haidar habrá llegado ya al Sáhara cuando los lectores tengan este artículo frente a sus ojos. Ojalá sea así y haya concluido la parte personal -sin duda la más dramática- de un despropósito en el que el Gobierno de España ha jugado el papel del tonto útil. O al menos del inepto socarrón; ese que trata de ocultar con su silencio la incapacidad para resolver una situación a poco que esta se torne complicada.
Mucho me extrañaba que el PSOE de Zapatero permitiese un pronunciamiento contundente del Parlamento Europeo sobre el caso Haidar; en concreto, sobre el retorno de esta activista por la vía de forzar a Marruecos a tragarse su dignidad como país, considerando que Rabat ha hecho de este caso un asunto de orgullo nacional. El PSOE de Zapatero no podía permitirlo porque le debe mucho a París y Francia, a su vez, tiene demasiados intereses en Marruecos para tolerar que se enturbien sus relaciones con ese país. De ahí que el líder socialista europeo Martin Schulz pidiese que se suspendiera la votación prevista para ayer tarde sobre este asunto. Un deseo al que no opuso grandes objeciones el Partido Popular Europeo, pese a que sus compañeros españoles querían tal pronunciamiento para poner en un brete al Gobierno de Madrid. Esta es la causa. El pretexto, aludido por el propio Martin Schulz, era mantener una postura discreta para que los esfuerzos diplomáticos llegasen a buen término. Parece que al final ha sido así. Me alegro porque lamento como quien más la situación que ha sufrido Aminatu Haidar. Una solución factible con la realidad imperante pasaba por que la activista depusiera su actitud y aceptase pedir un nuevo pasaporte marroquí, o por que Marruecos dejase a un lado ese orgullo patriótico y le permita regresar sin retractarse. ¿Cuál de las dos partes ha cedido?
Mediaban, ciertamente, los intereses económicos. Marruecos necesita a Europa para vender sus productos agrarios y colocar su mano de obra excedente. Pero no es menos cierto que Europa precisa la colaboración de Rabat para controlar desde la inmigración ilegal y el tráfico de drogas, hasta el avance del integrismo islámico. Frente a estas razones poco importa que Willy Meyer, eurodiputado de IU, denunciase un golpe antidemocrático del Partido Socialista para impedir el debate sobre Haidar y, además, acusase a López Aguilar de impedir que hubiese votación. El Terminator se ha limitado a ser el office boy -el chico de los recados; un papel bastante acorde con su capacidad como político- de un Zapatero obligado a doblar permanentemente la cerviz ante París, sea quien sea el inquilino del Elíseo.
Quedaba otra cuestión más doméstica aunque igual de delicada. Permanecer tirados en Guacimeta junto a la señora Haidar está bien en días laborales, pero se torna arduo con la Navidad ya encima. Al final, siempre era mejor ir a un hospital, en huelga de hambre o alimentada médicamente de forma más o menos encubierta, que quedarse sola y abandonada en un aeropuerto. Eso acarrearía una insoportable mala imagen. No a ella, sino a la progresía, claro. Razón de más para volver a casa, aunque haya sido finalmente Francia, y no un Zapatero políticamente don nadie, quien lo haya conseguido; incluso arriesgando esos mencionados intereses económicos.
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