UNA VEZ que pasa el puente de la Constitución, ya nos introducimos en el ambiente navideño: los ayuntamientos, al margen del partido que gobierne, encienden las tradicionales lucecitas, de manera que adornen la ciudad; tanto en las grandes superficies como en los pequeños comercios o cualquier tipo de chiringuito, se oye a toda pastilla, y de forma permanente y tediosa, el "beben y beben y vuelven a beber?". A la entrada de cualquier pueblo o ciudad, cuelgan con letras grandes y luminosas, en unos -según el alcalde, creo yo-, el tradicional deseo de "¡Feliz Navidad!"; y en otros, para darle un aire de progreso, a modo de guiño laicista oficial: "¡Felices Fiestas!".
Vivimos en una sociedad esquizofrénica, en la que, por una parte, algunos reniegan de la Navidad y otros se lanzan de manera desmesurada a celebrarla. Aunque los que detestan la Navidad no son consecuentes con sus ideas, porque no dejan de celebrarla. A nadie le he oído decir: "Por coherencia con mi forma de pensar, renuncio a las vacaciones de Navidad".
Hace unos días, me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Lo hallé cansado y con síntomas de agobio, por lo que le invité a sentarnos en el quiosco de La Paz para tomarnos un café y charlar un rato. Le comenté mi asombro por la proliferación de los adornos navideños municipales y que, a pesar de estar ya en Navidades, observaba a la gente cansina, con la paradoja de caminar a toda prisa de un sitio para otro -¡pero acelerados!- y que la mayoría daba la sensación de tristeza o de estar atribulada. A lo que me contestó: "La gente está angustiada, hay cuatro millones y pico de parados, junto a otros muchos a los que nos peligra la estabilidad laboral, que nos trae sin cuidado la macroeconomía gubernamental, el cambio climático o la manifestación de los sindicatos; lo que de verdad nos preocupa es sobrevivir día a día y conseguir llegar a fin de mes". Enseguida, le sonó el móvil; era su mujer, que lo venía a recoger, que estuviera atento, ¡que venía con prisa! Nos despedimos, con intención de volver a vernos pronto, para seguir con nuestra conversación.
Me hizo pensar: esta crisis debería ser una oportunidad para despertar en todos nosotros el verdadero espíritu de la Navidad y hasta de la vida: el nacimiento de un niño Dios que, por encima de todo, es amor, justicia y solidaridad. Espíritu, que hoy se necesita más que nunca, porque esta sociedad, caracterizada por un exacerbado individualismo, vive de espaldas a los demás. Son muchas personas sin trabajo, muchos padres que sólo en estas fechas reciben la visita o la llamada de sus hijos. Hay muchos mayores solos, sin recursos, sin esperanza y sin calor. Hay muchas personas solas. A pesar de nuestro clima templado, ¡hay frío en tantos hogares!
Hay prisa y ansiedad, por llegar a ninguna parte. En el fondo, vivir de prisa no es vivir, sino más bien -como ha escrito Jacques Philippe- esperar a vivir más adelante. "Tengo la impresión -decía la madre Teresa de Calcuta- de que andamos tan acelerados que ni siquiera tenemos tiempo de mirarnos unos a otros y sonreírnos". A mi modo de ver, uno de los índices de la calidad afectiva de nuestra vida podría ser en el número de veces al día que sonreímos a los demás.
En nuestra entrañable ciudad de Santa Cruz de Tenerife, cada vez más acelerada y ruidosa, una manera sencilla de comenzar a ir más despacio consistiría en empeñarnos en saludar y sonreír a las personas que tratamos. Tal vez en Navidad parece mucho más fácil. Desde el vecino con el que nos encontramos en el ascensor hasta el conductor que tenemos a nuestro lado en el atasco, pasando, por supuesto, por los compañeros de trabajo, clientes, los pacientes o con los que tratamos.
Quizá cara al nuevo año, tal vez, el mejor propósito sería pensar que nuestro mejor tiempo es el dedicado para hablar despacio y sin prisas con los amigos y con las personas más cercanas; por encima de lo que exija nuestra apretada agenda. Y de forma amable, con todos. En todo caso hemos de empeñarnos en lograrlo en esta Navidad: olvidarnos estos días de esta peculiar crisis, de la corrupción política y de la incertidumbre económica que nos fustiga, para respirar aire fresco: Que al menos la Nochebuena y el día de Navidad podamos decir: "¡Hoy no tenemos prisa!".
* Orientador familiar
y profesor emérito del CEOFT
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