EL PUERTO de la Cruz ha encargado a María Luisa Cerrillos el Plan Especial del Casco. Esta arquitecta ha demostrado su competencia tanto en La Laguna como en otras ciudades del mundo; entre ellas, Cartagena de Indias. Lo que hace falta ahora es que Cerrillos se enamore del Puerto de la Cruz, un pequeño territorio pegado al mar, maltratado por los años y por la gente, pero con grandes posibilidades de aceptar todos los retoques que se le practiquen para que resucite.
El desarrollismo portuense comenzó a finales de la década de los cincuenta. Ya en 1958 se construyeron los primeros hoteles en Martiánez y se inició el derribo indiscriminado de edificios magníficos en el centro urbano para levantar pequeños y horrorosos establecimientos dedicados al turismo. Del casco del Puerto nadie se había ocupado hasta el momento, con excepción de algunas normas un tanto absurdas que reverdecieron balcones que ya no tenían gracia y casas "canarias" que de canarias no tenían ni la cal.
Por otra parte, el mobiliario urbano y la cartelería de locales de negocio, horrorosos, habían convertido al Puerto en una ciudad de gallineros rampantes y sin clase, ni gracia. Pero aún así no pudieron los sin gusto tumbarse del todo a la ciudad, que continúa siendo atractiva y alegre, a pesar de sus crisis y de sus neuras cotidianas.
Ahora se recurre a una experta reconocida internacionalmente, sobre todo en el mundillo urbanístico latinoamericano, para que salve al Puerto. Nos parece muy acertada la elección, pues Cerrillos probó muy cerca de aquí su competencia: La Laguna y su casco urbano forman un paisaje urbano apasionante, al que se quiere parecer el Puerto de la Cruz.
La unificación de criterios en la ordenación del casco se hacía urgente; desde ahora ya no saldrá adelante ningún proyecto que no tenga las bendiciones del plan, aún antes de su aprobación definitiva. Es de esperar que todos los grupos presentes en el Ayuntamiento apoyen esta iniciativa, que va a dar a la ciudad el empaque y la belleza que un día tuvo.
Lo van a agradecer todos los habitantes del Puerto y qué no decir de los industriales, los comerciantes, los miembros del sector turístico. Todos opinaban que el Puerto era salvable, pero nadie le metía mano al problema. Habrá un antes y un después de este plan, seguro, y todo el mundo saldrá ganando cuando se ponga en marcha (ya lo está, en realidad) y se apruebe definitivamente.
No se podía permitir por más tiempo una ciudad desordenada y anacrónica, en la que se había destruido tanto de lo bello y se había dejado tanto adefesio. Ahora se harán las cosas con más cabeza.
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