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JUEVES, 17 DE DICIEMBRE DE 2009
EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

El desnudo como vestido

TENGO que pedirle perdón, aunque no le llegue, a José Luis L. Aranguren por haberle usurpado el título de este artículo. Me parece claramente sugestivo en estos momentos donde se intenta de alguna manera ocultar identidades, secuestrar voluntades y rastrear caminos que no conducen a ninguna parte.

Líderes del mundo que se autoproclaman defensores de la paz mundial y al que se le otorga el Premio Nóbel y no importa ni lo más mínimo que en esos instantes en que lo recoge se muestre como el más asiduo defensor de la guerra. En su camino se cruzan la vida y la muerte. Así alimenta una guerra en Afganistán para defender y proteger tanto los oleoductos como el negocio de las adormideras. Y otra en Irak para que el negocio del petróleo no decaiga y vaya a dejar la maquinaria capitalista que él comanda sin funcionar, aunque se haga a costa de miles y miles de muertos, qué más da. Y algunas guerras más camufladas como las de la selva de Colombia donde el comercio de la coca manda y obliga. Y cuando no poniendo trabas al desarrollo de la Humanidad porque su país se siente el mejor, el centro del planeta.

Líderes del mundo que han sido sanguinarios dictadores, opresores de su pueblo al que han sometido a vejaciones y conducido a lo más atroz de lo incivilizado y del desahucio humanitario y que por mucho que "obvian" no se desdibujan de sí mismos, de sus implacables manejos conductores de miseria e indigencia.

Líderes del mundo que desde sus palacios de las mil y una noche y fundidos en oropeles de grandeza atropellan con la aquiescencia de algunos más la Declaración de los Derechos Humanos y les importa un pimiento desde su rudimentaria conciencia medieval que un ser humano pierda la vida en el aeropuerto de Lanzarote.

Líderes del mundo que, reunidos en Copenhague intentan desandar el camino que han trazado por medio de sus cegueras y deseos de grandeza sin apenas importarles los desheredados de la Tierra aunque ahora se percaten de que están atrapados en su misma trampa y no saben cómo salir de ella. Porque al llegar al planteamiento de que hay que ser menos productivos piensan que se harán el harakiri, y no están dispuestos a ello.

Líderes del mundo que, subsumidos por un narcisismo enfermizo, transitan un día sí y otro también por la mentira, esgrimiendo discursos flamígeros que ya sólo creen sus adulones y acólitos porque piensan que desde un poder venido a menos aún queda algo de tela y suela que cortar para seguir fabricando zapatos, por lo que el negocio puede continuar algún tiempo.

Líderes del mundo que derraman voces por cenáculos y tarimas como retóricas envenenadas porque les molesta que los pueblos se encuentren a sí mismos, hablen y tengan a veces la voz más alta que ellos. Por eso procuran acallarlas, tergiversarlas, para en ese marasmo de la confusión obtener la ganancia de la sumisión.

Líderes del mundo que circulan por los sitios menos pensados y que, aunque muchos son títeres de otros más poderosos, se mecen en su nirvana encantador considerándose inmortales, e hieráticos reparten simulacros de bondades encapsulados en el artificio de la mentira.

Pues si todos estos personajes y más, engolados, de ademanes encorsetados, de amimias o gestos estudiados, de parsimonias quietistas, de mirar al horizonte porque el que tienen delante le dificulta la visión de la realidad; si todos estos y más llegaran a quedarse en cueros y se vistieran con las ropas de su desnudez seguro que se llevarían una sorpresa al verse como uno más, o escuálido u obeso, o rubio o moreno o fuerte o débil. Al mirarse así unos en el espejo del otro, otro gallo cantaría en su gallinero.

El desnudo es la más significativa realidad que puede tener el ser humano ante otro que circula no por la misma calle, no por el mismo salón o la misma senda pero sí por el mismo planeta.

Si en el ropero de cada cual se colgara el desnudo como único traje no habría tanta parafernalia ni tanta estupidez engolada. Si la desnudez se prodigara al menos desde la metáfora o desde el simulacro se caminaría mejor, todos caminaríamos mejor.

En una sociedad donde lo que prevalece es el camuflaje, el tartufeo, y dejarse llevar por la apariencia como ropaje fundamental del enaltecimiento personal, si lo desecháramos y nos manejáramos desde la sencillez, desde lo establecido, dejando atrás magnificencias estólidas, seguro que los líderes del mundo no se mirarían al espejo por ver si son mejores que el resto porque en la misma desnudez se verían como iguales.


 

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