SERÍA absurdo negar, sobre todo a estas alturas de la película, que la actuación en política internacional del Gobierno de Zapatero es la más penosa de todas si exceptuamos el apartado económico. Por citar sólo los casos más recientes, la acción exterior española ha sido un desastre -afortunadamente con final feliz, pero estratégicamente un desastre- en el caso del "Alakrana"; lo está siendo en el secuestro de los tres cooperantes en Mauritania -mientras Al Qaeda calcula el rescate, no necesariamente sólo económico, que puede pedir por los cautivos, Zapatero sigue promoviendo la alianza de civilizaciones-, y ha llegado al cenit del disparate que supone navegar sin brújula en el caso de Aminatu Haidar, en esencia por la repercusión mundial que ha alcanzado esta crisis.
Al margen de la razón por la que esta señora se encuentra en Lanzarote y no en Marruecos -es decir, obviando quién la dejó entrar u ordenó, desde Madrid, que la dejaran entrar-, cabe preguntar qué más puede hacer el Gobierno español para salvarle la vida. "España será la culpable si llega a morir", manifestaba hace unos días su abogada. "España me está matando", corroboraba la propia Haidar poco después, con apenas un hilo de voz debido a casi cuatro semanas sin comer. Cierto, insisto en ello, que con Moratinos en Exteriores, el peso específico de España en el mundo es nulo, o casi. A él ni siquiera le hacen caso en los países islámicos, pese a que va por ahí de amigo de los árabes desde que la UE lo nombró mediador para Oriente Próximo. Mal lo hace quien no puede ganar ni en su propio terreno. Aunque dejemos eso, como dejamos aparcado, al menos de momento, el ya aludido asunto de la entrada de Haidar sin pasaporte; algo inaudito, por mucho que Zapatero hable de permiso de residencia y, de paso, intente culpar a la Policía. Una vez en Lanzarote e iniciada su huelga de hambre -hoy al borde del punto de no retorno en cuanto a secuelas físicas-, ¿qué más puede hacer el Gobierno de Zapatero por resolver su situación? A la señora Haidar se le ha ofrecido un estatuto de refugiada en España; más aun: se le ha ofrecido la nacionalidad española. Mientras tanto, el Ejecutivo central ha presionado a Marruecos más allá de lo aconsejable. Porque Marruecos, conviene no olvidarlo, es un vecino que está a 14 kilómetros de la Península y a 96 de Canarias. Y los problemas, eso también conviene tenerlo presente, surgen con los vecinos, no con quienes están en las Antípodas. Por si fuera poco, en el asunto marroquí median disputas territoriales, amén de otros temas no menos delicados como el tráfico de drogas, la inmigración clandestina y el terrorismo. Basta recordar la procedencia de quienes pusieron las bombas del 11 de marzo en Madrid. Demasiados asuntos, y demasiado delicados todos ellos, para jugar con fuego; un fuego, encima eso, que han encendido otros.
¿Quiénes son los responsables?, cabe preguntar. Fundamentalmente los nostálgicos que todavía sueñan con imposibles como la RASD. Acaba de decirlo en El Aaiún, si bien de otra forma, Lorenzo Olarte. Un Frente Polisario y un país -Argelia- anclados en la guerra fría y en una política de bloques que dejó de existir hace mucho tiempo. Mientras tanto, España jugando el papel del bobo. Como siempre.
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