NUEVAMENTE ha llegado el despelote del consumo. Todos los años la misma historia, la misma presión, el mismo trompetazo de poca cabeza, la misma fantasmada de una sociedad empeñada en la locura de mantener el tipo a base de gastarse lo que no tiene nombre. Cuando la mayoría de los bolsillos claman piedad como consecuencia de los bajos ingresos en unos años muy difíciles, de maldita desaceleración acelerada, nos vemos envueltos sin nuestro consentimiento en un nuevo disparate de gastos ocasionados por querer "cumplir" con las personas queridas. ¿Qué menos que un regalito? ¿Qué menos que celebrar la Navidad? ¿Qué menos que los niños? ¿Qué menos que partir el año?... Había un anuncio que decía: "¿Qué menos que Monix?", y casi siempre dejando en muchas ocasiones para nosotros mismos las sobras de semejante disparate.
El que no pueda, no puede y ya está. "¡Felicidades, mi amor!", con eso basta. Es fácil decirlo, pero tampoco nos vamos a volver locos, quédense tranquilos.
No es que entremos en el debate de si nos gustan o no nos gustan estas fiestas. Está claro que a la mayoría nos gustan y ojalá que en todo el año imperara la misma cordialidad, pero hay que convenir que pueden interpretarse como hipócritas y falsas. Ya se comprende que a veces es ridículo que alguien que nos jode la vida durante todo el año o al que no conocemos de nada nos desee felicidad en un momento determinado, pero así son de complejas las relaciones humanas. O lo tomas o lo dejas. Si hay buena intención, bienvenido sea el regalo del corazón. Se trata de una especie de deseo transmitido de paz y solidaridad con el mundo, pobrecito él, que después en general no se confirma por el paso de los días. Aunque bueno, la intención es lo que cuenta, ¿no? A los que lo pasan mal por cualquier razón, toda esta algarabía les suena a ajena e idiota, no tienen cuerpo y la fiesta colectiva puede deprimirlos aún más. ¡Ánimo!, tómenselo en plan pildorita de intencionalidad divina. El alma colectiva que aparece escondida en la careta del esplendor, qué le vamos a hacer. Es la contradicción de la inteligencia.
También sería muy aburrida una vida sin pequeños paréntesis lúdicos. Los carteles de "hay lotería de Navidad" están expuestos desde el verano, con apenas un semestre de pausa y ahora configuran la esperanza de pelotazo de tantas y tantas personas convencidas de que pueden ser tocadas por la ruleta de la fortuna. ¡Qué chasco nos llevamos siempre! Desde octubre podemos encontrar activadas las decoraciones interesadas de los centros comerciales, lazos rojos y bolas de colores o grandes cestas destinadas a regalo. Y, ahora, cuando diciembre coge carrerilla, prende la iluminación, suenan las músicas y beben y beben y vuelven a beber los peces en el río... luces blancas, de colores, serpentinas, adornos de rojo y oro, rojo y plata, verde musgo, guirnaldas, transformando absolutamente el paisaje de las Islas. Las ventas de los pobres arbolitos desgajados del suelo, vivos o muertos, que simbolizan lo pasajero de la orgía, apretados en su agonía inapelable por envoltorios que acomodan su transporte a los hogares. El belén con todo tipo de añadidos artificiales e inventos raros, con nieve en oriente medio o un "caganet" de allende los mares en posición comprometida. Los juguetes desaparecen como rosquillas en sus puntas más demandadas entre multitudes insatisfechas corriendo entre cajas de brillantes envoltorios. Que se acaba, que se acaba... Casi que con la obsesión de la agonía llegarán los Reyes Magos en el helicóptero que no nos puede negar nadie y, mientras tanto, todos sumergidos en atascos históricos, en los que no vemos avanzar el coche durante horas, y envenenados con peregrinajes forzados a los puntos del centro de nuestros barrios o ciudades.
Habrá que dejar cerrados los detalles para menús, cenas y comidas. Compitiendo como en una guerra, nos afanaremos en comprar langostinos con boro, ostras caducas, sucedáneo de angulas, jamón serrano, conejos, pavos, corderos y cabritos, turrones plagados de colesterol, pagando el doble o el triple del precio. Las vísperas del evento, los supermercados parecerán -como siempre- el escenario posterior a la segunda guerra mundial: cajas vacías tiradas por el suelo, estanterías desabastecidas, restos incompletos de lechugas, cardos y coles, desmayados supervivientes del naufragio, con un terrible olor a viejo en el ambiente, con los villancicos sonando sin cesar.
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