1.- Voy a hacerles una confidencia. Me han colmado de tantos regalos durante estos años, he sido tan caprichoso y he satisfecho tantos deseos absurdos e inservibles que no me cabe nada en mi casa, ni en la oficina, ni en el depósito que me han prestado, ni en ninguna otra parte. Así que he comunicado a mi familia y a los amigos que generalmente me regalan algo que vuelvo al tradicional calzoncillo navideño. Eso sí, que sea de marca (lo de marca suele salir bueno) y de mi talla, para no andar enfrascado en un anti estético metisaca. Es verdad que uno vuelve a sus orígenes. Mi madre siempre me regalaba ropa en Navidades y Reyes. Hace tiempo que no me compra nada, porque he pasado a un segundo lugar en el plano de sus preferencias, tras sus cuatro nietos y una bisnieta, cosa que me parece muy bien. Pero todavía queda gente, y yo lo agradezco, que desea obsequiarme por estas fechas. No me envíen más libros: no me caben y me restan unos cuantos por leer; además, he donado, como saben, buena parte de mi biblioteca. Tampoco me ilusionan plumas, bolígrafos ni relojes. Ni coches. Ni motos. Ni cuadros. No quiero nada. Sólo pretendo que me dejen trabajar y que me regalen el tradicional gayumbo, de la forma, talla y modelo más adecuados a mi curvilínea silueta.
2.- Algunos pensarán que me he vuelto loco; no, no me he vuelto loco. Simplemente, llego a la edad en que me ilusionan pocas cosas. Me compro menos ropa, me da igual ponerme algo azul con algo verde y no quiero disfrazarme de mentecato andante, obsesionado por combinar los colores como un pollaboba. Se acabó. Que nadie me quiera por la elegancia, sino por el chafalmejismo en la vestimenta y por lo estrafalario de mi presencia. Yo tenía un tío, Luis Chaves , que se ponía gabardina en verano, se dejaba la barba quince o veinte días y hacía coincidir el baño con el afeitado. No quiero llegar a tanto, Dios me libre, pero mi tío Luis, que nunca dio golpe, vivió feliz sin comprar nada durante toda su vida. El único esfuerzo que se le reconoce es el de leer el periódico; y acababa exhausto, despatarrado en el casino.
3.- Así que la pauta la tienen. Uno se siente no poco aliviado aligerando su vida de objetos. Si bien es verdad que algunos no te los puedes quitar de encima, porque forman parte de tu pasado y hasta de tu propia personalidad, desembarazarse de otros inservibles supone una satisfacción. No cuento los gayumbos, que siempre caen bien, vengan de donde vengan. Y, ahora que recuerdo, tampoco encuentro aquellas braguitas tan monas, rojas, que una diputada de Coalición Canaria, hace ya algunos años, se quitó y me entregó en la explanada de los aparcamientos de Los Limoneros. Yo le había dicho que no se atrevería. Pero vaya si se atrevió. Estuvieron, como una bandera, colgadas en los estudios de la vieja Radio Burgado hasta que el viento se las llevó.
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