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JUEVES, 10 DE DICIEMBRE DE 2009
EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

El acceso a la idiotez

ES FÁCIL. No hay que hacer ningún curso, ni siquiera a distancia, para lograrlo. Y me refiero a aquellos que están inmersos en ella y que sin fundamento alguno sin prebendas ni atributos personales-intelectuales se creen los reyes del mambo.

Dejo atrás, por supuesto, la idiocia, que es desgraciadamente una enfermedad con diversas connotaciones de gravedad en lo que concierne al entendimiento del mundo, de las cosas y de la vida de relación.

Desde siempre se ha mantenido que en las diversas cuestiones que la vida pone en el camino de cada cual el que es inteligente cede y, por contrapartida, el necio sigue adelante, erre que erre. He ahí la primera y única diferencia. Así como el punto de partida.

La sociología nos viene a decir que efectivamente se transita hacia la idiotez, no desde el nacimiento, sino que en el camino se puede fabricar y llegar a su más alto grado de permanencia. Todo se perfecciona en el devenir de los días.

La idiotez humana, paradójicamente, donde más se resiente y deja ver sus mejores mañas es en aquellos que, aún teniendo algunas dotes de inteligencia, son incapaces de situarse en el espacio que les corresponde.

Y, además, con un cierto relumbrón que perciben tener se consideran intocables, por encima de los demás, alejados del resto del mundo, y el cúmulo de sus palabras sin sentido y vacuas las califican como si fueran profundas sentencias, dogmas de altísima elocuencia que, como filosofías emboscadas, creen tener la capacidad de someter a cualquiera o confundir a los demás.

No cabe duda, la historia nos refiere ingentes ejemplos, que la idiotez es la enemiga de la sociedad y, sobre todo, como fagocita la inteligencia, entonces ya se camina hacia un mundo desordenado, extraño, pleno de irracionalidad, donde el pensamiento y las decisiones acertadas se volatilizan, no existen, cediendo su espacio a la ramplonería y a la memez establecida.

El inteligente cede. Siempre cede. No se empecina en las cuestiones y es capaz de desembarazarse del error y enmendarlo. El otro, el que accede a la idiotez, cree siempre estar en posesión de la verdad sin que su sinrazón se percate de que es precisamente por ella donde transita un día sí y otro también.

A veces se encuentra uno desde una atalaya de cierta racionalidad con el dilema de si el mundo no estará sometido a leyes socio-políticas refrendadas por personajes que, careciendo de cualquier dotación intelectual suficiente para tamaño cometido, no estarán metiendo constantemente la pata, conduciéndonos a no se sabe dónde y dirigiendo nuestra voluntad hacia territorios que ellos mismos ni saben ni conocen. Si se mira alrededor, pudiera uno percibir que está instalado en la razón y en la certeza de que esto así.

Predomina más la inconsistencia que la solidez intelectual. Más el resabio y la venganza que la sencillez y la elegancia del estilo personal. Como si se anduviera más por las sombras de lo sórdido que por la claridad de la contundencia, y lejos de la verdad encubierta por tapujos y traiciones.

Cuando se llega a la idiotez, a veces, siendo de fácil acceso, hay que hacer verdaderos méritos para conseguirlo. Aparte de la adulonería, no se hace fácil el destierro de sí mismo. Desde allí, el mundo, aunque se vea confuso y desordenado, para ellos es encantador y lleno de luces de colores. Como si fuera una verbena donde la música que oyen es la de sí mismos. No ven público. Ni jolgorio alguno. Sólo su interior está arrebatado por caleidoscopios centelleantes y de aberrantes sonidos cuya única pieza musical les suena a la marcha triunfal.

Acceder a la idiotez desde las muchas rampas de lanzamiento que hay para lograrlo no es nada complicado. Basta escudarse en la irracionalidad, en mirar el mundo al revés y sentirse hasta protagonista de la nada.

Lo que habría que desear es que de todas esas trabas y obstáculos que ponen a los demás en el camino se sea capaz de conocerlos para escaparnos de ellos. Cuanto más lejos estén de nosotros mejor, y así no dejarnos llevar por los cantos de sirena de los que, creyéndose los más listos, los sobresalientes, no dejan de transitar por una mediocridad apabullante que, como son como son, ni siquiera tienen la capacidad de percatarse de ello.

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