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6/dic/09 07:32
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Otra visión del "Alakrana"

No tengo la menor intención de comenzar una gloriosa cruzada en defensa de la piratería, de los piratas ni, por supuesto, de los mafiosos encorbatados que, según todas las opiniones, están detrás de los secuestros haciendo su agosto en Londres.

Como todos ustedes saben, Somalia es el país del que son oriundos, donde residen y en cuyas costas tienen sus bases de operaciones los piratas, costas que se distribuyen entre el golfo de Adén -aproximadamente una tercera parte-, estando bañadas el resto por el océano Índico. Algo mayor que España en superficie, tiene más de 4.500 km de costas que dan a los mares antes citados, y un absoluto descontrol en estas orillas.

Continuando hacia el Sur, nos encontramos con Kenia, mucho más modesta en riberas marinas, y frente a este último país, a unos 1.500 km, el archipiélago de las Seychelles, en pleno océano.

Esta puesta en situación es, simplemente, para poder decir que los pescadores de Kenia están que beben los vientos por los salteadores de los mares. Desde que estos elementos se mueven alegremente por aquellos parajes, los barcos de pesca, de cerco o de arrastre, como son los pesqueros vascos, se palpan las carnes antes de acercarse a los caladeros, donde la pesca es abundante. Si se aproximan a las orillas, se ponen a tiro, al alcance de la mano de los malos, y en caso contrario no vale la pena intentar pescar, porque simplemente no hay de qué.

Los arrastreros, como su propio nombre indica, arrastran con todo lo que se menea, y al final solamente la mitad se aprovecha, menos en ocasiones, y el resto es devuelto al mar, pero ya muerto, lastimosamente convertido en cadáveres de peces que cubren centenares de metros cuadrados de las superficies marinas. Pescadores keniatas que tenían que conformarse con 6 euros, o menos al día, al irse recuperando la fauna marina pueden disponer de 100 y 200 euros en el mismo tiempo, con lo que la alegría ha llegado a sus casas. Y otro tanto ocurre en las Seychelles, donde gran parte del turismo que reciben quiere practicar la pesca deportiva. La abundancia del pez espada, de marlines, petos, jureles gigantes, que una vez capturados son debidamente marcados y devueltos al mar, vivos, fomenta este tipo de turismo. Antes de la piratería estos bancos estaban en las últimas, esquilmados por la voracidad de los profesionales.

Cuando el "Alakrana" fue apresado, el comandante de la Armada que debía vigilar la zona indicó que se había alejado de la protección de la fragata. La respuesta de los pescadores fue que ellos tenían que ir donde estaba el pescado.

Todo esto, tan natural y tan sencillo de entender, evoca tiempos no tan lejanos, cuando nuestros pesqueros, de menor envergadura y tonelaje, eran abordados por patrulleras de los vecinos Marruecos y Mauritania, o en el Golfo de Vizcaya por los franceses, que habitualmente, además de estar en fuera de juego, eran pillados in fraganti.

Esta situación no justificaría jamás los apresamientos, pero hace que los de la zona no vean a los pescadores con buenos ojos, ni sientan compasión alguna por sus padeceres. Sería muy interesante plantearse si, en lugar de proteger a nuestra flota de pesca, no es más honesto evitar arruinar todos los mares del mundo, por decreto si hiciese falta.

No estaría tampoco mal tener en cuenta que entre las víctimas de los piratas también hay barcos que transportan armas, sin consignar, y que resulta difícil que nos convenzan los fletadores de que se utilizaran exclusivamente para combatir el sida o la gripe no estacional, a tiros, por supuesto.

En julio del 63, cuando me casé, el sacerdote oficiante, don Manuel Pacheco, canónigo que había perdido la visión de uno de sus ojos, era conocido coloquialmente como el "cura pirata". Muy a pesar de ello, no me atrevería a decirles, parafraseando un eslogan navideño, ponga un pirata en su vida.

José Luis Martín Meyerhans

¿Cuál es la verdadera crisis?

La crisis económica nos tiene a todos completamente aletargados y descolocados. Sólo pensamos en ella y la vemos o padecemos, en mayor o menor medida, desde hace bastante tiempo y todos los días, con nuevos problemas con menos salidas y más perjuicios.

¿Pero cuál ha sido el detonante de semejante crisis? Yo diría que es el resultado de una mayor y que ha estado caminando a hurtadillas entre nosotros desde hace mucho tiempo, en esta mal llamada sociedad, supuestamente, de desarrollo, prosperidad e igualdad, y que cada vez está más enrollada, separatista y desprotegida.

Me refiero a la crisis entre las personas y para las personas, por falta de identidad o exceso de ella, por falta de unión, por escaladores y oportunistas sin escrúpulos y por discrepancias de ideas, religiones o razas.

¿Hace todo esto que dejemos de ser personas en el amplio sentido de la palabra? ¿Por qué permitimos este tipo de cosas como excusas para marginaciones, intentos de liderazgos y divisiones? ¿En qué parte del libro de instrucciones de Dios, el Universo o como quieran llamarlo está escrito que cuando nos puso aquí tuviéramos más derechos unos que otros? Todos nacemos, vivimos y morimos, si bien no de la misma manera, todos tenemos un comienzo y un fin, porque todos sufrimos, física o psicológicamente, si nos dañan. El dolor es dolor para todos igual.

El mira a tu prójimo como a ti mismo ha dejado de ser un mandamiento para convertirse en una utopía, porque hasta las desgracias y sufrimientos de los demás, vistas desde fuera y día a día de lo que nos rodea o por los medios de comunicación, sólo nos provocan una pena y atención momentánea, que las obligaciones, las prisas y la falta de tiempo hacen que las comentemos brevemente, como anécdotas puntuales y al rato ya las hemos olvidado.

En este mundo de locos, que se ha vuelto tan impersonal e insensible, hay ya muy poca gente que mire de una manera desinteresada para el bien común y no para sí misma. Y son esos pocos que aún quedan los que nos dan un poco de esperanza a todos aquellos que queremos seguir creyendo que no todo está perdido y que hay un mínimo de bondad en las personas por las que merece la pena seguir luchando para encontrar el equilibrio en donde nos veamos todos como iguales.

El odio, el resentimiento, la desconfianza y el autoprotagonismo ha crecido tanto y tan deprisa en la escala de valores predominantes en cada individuo que casi hemos convertido la Humanidad, el amor, la felicidad o la gratitud, que es lo único verdadero que tenemos, en algo sustituible y efímero, que metemos en el saco de "eso será cuando me sobre tiempo".

Hemos pasado de la comunicación al monólogo. Ya nadie se para a escuchar las cosas de los demás y te dedica el tiempo justito o hace que te escucha para no quedar mal y sólo se quedan con los recortes que les pueda beneficiar. Hemos pasado del nosotros al yo, sobre todo si es para ponernos medallas, propias o apropiadas, da igual.

Hemos convertido el trabajo en una escalera donde se van colocando a los compañeros de peldaños, para subir a toda costa, sin remordimientos y cuanto antes. La amistad en conveniencia y la familia en apariencias.

¿Qué nos está pasando? ¿En qué nos estamos convirtiendo? Casi hemos hecho una norma culpar a los demás de nuestros errores y pesares y presumir de nuestros logros, y tanto para una cosa como para la otra no lo hacemos solos y, además, ayudamos por la envidia y el deseo de poder. Pero también ganamos o perdemos por el mismo motivo, en este mar en el que hemos convertido la sociedad, donde el pez grande siempre pretende comerse al chico, con la diferencia de que cualquier especie se respeta entre sí y sólo aspira a sobrevivir.

En nuestra especie, la única que lo hace por autoprotagonismo, a la fuerza, con maldad y destruyendo lo que puede y a quien puede.

¿En qué parte de nosotros hemos enterrado la integridad, el valor que tiene conseguir tus metas con tu esfuerzo, agradecer las cosas buenas que tenemos en lugar de anhelar las de otros, la buena salud, de la que nos acordamos cuando la perdemos, tener gente en tu vida que te quiera por tus valores y no por lo que tienes. Estas pequeñas cosas siempre están ahí, que son la escencia de la vida y no las valoramos. Sólo cuando las perdemos es cuando las queremos, y en cuanto te das cuenta a lo mejor ya es tarde para recuperarlas.

Hay un dicho que dice que no hay más pobre que el que lo tiene todo y no tiene a nadie. ¡Qué gran verdad!

Quizás si aprendieramos a vivir y dejar vivir tendríamos todo eso y más. Son esas experiencias y sensaciones lo único que nos vamos a llevar de este mundo, y son las personas las que te tenderán la mano cuando caigas en los baches del camino, y esas manos no entienden de ideas, religiones o razas, sólo de respeto hacia ellas, vengan de donde vengan.

¿Es ésta la verdadera crisis que envuelve el mundo y que nos ha llevado al punto económico donde nos encontramos, gracias a todos los escaladores, oportunistas, xenófobos y egocéntricos sin escrúpulos, o sólo me lo parece a mí?

Miriam Gómez

 

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