HEMOS coincidido re-cientemente con un ex presidente del Gobierno de Canarias; un nacionalista que lo fue en su tiempo (tiempos en los que el nacionalismo era una denominación similar a la de socialismo o conservadurismo, pero en ningún caso el reflejo del anhelo de un pueblo por conseguir su propia identidad) y que pecó de ingenuidad en su relación con Las Palmas. Un ex presidente nacionalista que viajó mucho a la Metrópoli europea que coloniza a Canarias, y que dejó zanjada la construcción del puerto de Granadilla. Porque respecto a esta infraestructura debemos decir, una vez más que no existe en el lugar de su construcción medio ambiente, ni celeste, ni marino ni submarino, necesitado de protección. Según criterio de los entendidos y personas de buena voluntad, allí sólo crecen unas hierbas que no son excepcionales ni nada parecido; salvo para los ecologistas que no quieren a Tenerife y para unos pocos sabios que se ocultan en la Universidad de La Laguna. Todavía nos preguntamos a cuenta de qué esa aversión a Tenerife de estos individuos y ese amor a la isla de los secarrales.
NOS DUELE que las importantes gestiones del ex presidente canario al que nos referimos a favor del puerto de Granadilla no hayan dado fruto aún. Eso sí, lamentamos que esta persona esté en la idea -que comparten muchos isleños- de que necesitamos a España (es decir, el dinero de España) y a Europa (es decir, el dinero de Europa). Tanto él como quienes piensan como él en este aspecto siguen narcotizados y atados a la idea de que no podemos andar solos. Al revés. España no podrá vivir en el futuro sin la teta canaria; sin los galeones que hoy saquean la riqueza de nuestra tierra por la vía de las oficinas de recaudación de la Agencia Tributaria. Canarias tiene una riqueza conocida y otra potencial que todavía está oculta. Por eso nos sobran medios para vivir como isleños riquísimos. Isleños nacionales de su propia nación, como lo son los malteses de Malta y los caboverdianos de Cabo Verde. Riquísimos para disfrutar y dar. Riquísimos para que se nos reciba con alfombra roja, y no como se nos recibe hoy en Europa y en la Península: por la puerta de atrás y con la esterilla de la cocina. Para conseguir estos recursos hay que realizar una limpieza y desinfección total de quienes hoy están explotando a la nación canaria. Sabemos quienes son, pero no vamos a citarlos para no zaherirlos. Esa limpieza y desinfección requiere -lo hemos dicho cien veces- una nueva política a cargo de nuevos políticos elegidos mediante listas abiertas; requiere también una democracia genuina, con partidos canarios que abarquen todo el arco ideológico, pero que sean capaces de comprender la idiosincrasia de los canarios.
Hizo mucho y bien ese presidente al que nos hemos estado refiriendo en este editorial, aunque lo traían a mal traer las niñas que siempre le comentábamos; de forma especial, las niñas canarionas de su partido. El tiempo reconocerá cuánto valía este político, cuánto vale en la actualidad y cuán conveniente sería para estas Islas recuperarlo de cara al futuro incierto que nos aguarda. Ese presidente dejó en marcha el puerto de Granadilla, hasta que llegó la Justicia y mandó parar.
MENTÁBAMOS antes a los nacionalistas y hete aquí que el jueves apareció en EL DÍA el artículo de un nacionalista que apreciamos mucho en esta Casa. Nos referimos a Juan Jesús Ayala. Un nacionalista de pro, aunque lo calificamos no como tibio pero sí teórico. En su artículo del pasado jueves, titulado "Canarias nacionalista", desvela Ayala su ingenuidad al decir que cuando en el Parlamento de Canarias estén 31 diputados nacionalistas, esta tierra será nacionalista. En la vida verá usted eso, señor Ayala. Además, si alguna vez llega ese día y consigue el nacionalismo sentar a 31 diputados en la Cámara legislativa regional, ¿qué trascendencia tendrá eso para que nuestras Islas alcancen la independencia? Ninguna, señor Ayala. ¿No es mejor ser nacionales de una nación soberana, que nacionalistas oficiales jugando con la morralla política conservadora y socialistas a ser demócratas y parlamentarios regionales y nacionales de opereta? Discúlpenos, don Juan Jesús, pero no comulgamos con su "candidez". El tercer párrafo de su artículo es expresivo y realista cuando señala "...convencidos. Lo repito y subrayo. Lo soy desde hace ya bastantes años, desde la juventud, cuando, alrededor de las Facultades de Medicina de Granada y Salamanca, entre unos y otros fuimos asimilando que Canarias era otra cosa y que necesitaba del nacionalismo porque percibíamos que nuestra tierra permanecía orillada y dejada de la mano, pensando sólo en obtener subvenciones y padeciendo sumisiones". Es verdad. Este es el pensamiento nacionalista. Por eso decimos que ese nacionalismo no sirve, pues nos convierte en solicitantes de subvenciones para ser sumisos.
ESE NACIONALISMO no sirve para Canarias, ni con 31, ni con 300 diputados. No hay más nacionalismo que el nacional de una nación. El nacionalismo como definición es una entelequia, aunque le aplaudimos cuando dice que el nacionalismo es el único vehículo para obtener la soberanía. De acuerdo, pero, ¿cuándo? ¿En qué siglo? Usted es una de las figuras más preclaras de este Archipiélago, pero está equivocado con ese nacionalismo. Ese nacionalismo no sirve, porque el único que sirve es el absoluto. El que, como apuntábamos hace un momento, es nacional y de la nación. Ese no se alcanza en la vida siguiendo sus teorías. Y por si va con nosotros cuando manifiesta "...los únicos amantes de esta tierra y como tales convertidos en dictadores de su futuro. Pero el mesianismo ha tenido a lo largo de la historia sus holocaustos...", le decimos que esté tranquilo que usted verá que no hay nada como ser nacionales de nuestra propia nación.
HEMOS regresado de un viaje necesario a la península de la Metrópoli que esclaviza a Canarias. Confirmamos, con el trato de las gentes, que no somos continentales sino isleños y objeto de curiosidad como tales, pero nada más. Nos delata -y de ahí la curiosidad que suscitamos- nuestro acento canario. Las miradas se fijan en nosotros por nuestro acento. Eso no es dañino, pero sí demostrativo de que no somos españoles. No negamos la benevolencia de los metropolitanos, pero sí echamos en falta nuestro orgullo de pertenecer a un país soberano. Y entramos en un punto delicado: la Justicia.
Ante las demandas que hemos presentado por tantos ataques sufridos, incluida una queja ante el CGPJ por las declaraciones de determinados jueces de Las Palmas, alguien nos dijo que en Canarias no ganaríamos ni una. ¿Será posible que nos ocurra tal atrocidad? ¿Será posible que no se nos aplique la misma justicia que a los demás, y a los demás la misma que a nosotros? Seguimos creyendo en la Justicia con mayúsculas y con minúsculas, pero hay asuntos que nos inquietan. En un reciente juicio que afectaba a EL DÍA, el abogado que defendía a los demandados no se limitó a exculpar a éstos, sino que arremetió contra la línea editorial de nuestro periódico y contra José Rodríguez, a quien llamó a mansalva "don Pepito" en tono peyorativo y hasta burlesco. De defensa, nada; de ataque, todo.
También recientemente hemos sido condenados, junto con uno de nuestros articulistas, por considerar una señora jueza que hemos invadido en el honor de una persona a la que nunca hemos citado por su nombre. Jamás lo hemos hecho. La sentencia está recurrida en estos momentos, porque aunque la respetamos, no la consideramos ajustada a derecho. De forma paralela, los tribunales de Justicia no han admitido a trámite una querella por calumnias e injurias presentada por esta Casa contra un profesor de la Universidad de La Laguna que calificó a José Rodríguez como "engendro de la demencia escrita", "miserable y desgraciado individuo", "analfabeto de tres peras al cuarto", "tarugo", "charca de letras", "basura canallesca", etcétera. Creemos y confiamos en la Justicia, lo repetimos, pero, ¿por qué tanta dureza cuando se trata de condenarnos a nosotros, y tanta laxitud en el caso de los demás? ¿Será porque pedimos la libertad para el pueblo? ¿No somos todos iguales ante la ley? Naturalmente, hemos interpuesto la correspondiente apelación ante una instancia superior.
CONFIAMOS en la Justicia y nos congratulamos de tener jueces como Nelson Díaz Frías, a quien queremos dedicar las últimas líneas de este editorial. Ha sido el juez encargado del caso de Aitana, y quien ordenó la puesta en libertad sin cargos del joven injustamente acusado de maltrato y homicidio. Tal vez otro juez hubiera entretenido el caso y el inocente seguiría pudriéndose en un calabozo oscuro. Nelson Díaz es un juez del país que conoce la idiosincrasia de esta tierra. Si el asunto del puerto de Granadilla hubiese caído en sus manos, posiblemente no se hubieran paralizado las obras pues este hombre, conocedor de la crítica situación del Sur de Tenerife, sabe la importancia de esta infraestructura para esa zona. Y por hoy lo dejamos aquí.
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