EN MI ANTERIOR comunicación quedaron sin relatar un montón de incidencias y circunstancias que jalonaron nuestra tan añorada amistad en aquellos tiempos casi sin tele, sin teléfono móvil, con muchas escaseces y una montaña de ilusiones, de juventud y de madurez, siempre con aquella su sonrisa y aquella manera tan personal de reír que nunca le dejó. Los recuerdos vuelven siempre a los inicios de una amistad duradera aunque no tanto como quisiéramos, que el Señor se lo llevó prematuramente, inicios siempre relacionados con los campamentos de Milicia Universitaria en Hoya Fría, con el comandante Saavedra como jefe del mismo, el capitán Pérez Andreu como jefe de la Milicia y el ayudante del jefe de campamento que desempeñó con gran acierto el alférez de Milicias Jesús Pérez Alonso, primo de mis amigos los Alcaide. De aquellos años de campamento me acuerdo especialmente del capitán Díaz Bertrana, montado en su caballo y dirigiendo desde él la instrucción a todo un campamento, en el que, por cierto, dos hermanos suyos eran compañeros nuestros de penalidades y alegrías, que de todo había. Especialmente grata fue la presencia en el segundo trimestre veraniego de los alféreces de Milicias Sergio Mora y Filo Bonnet, que, dentro de la disciplina militar, supieron hacer más llevadera nuestra estancia. Guardo también de aquellos años de penuria, especialmente para los que veníamos de pensiones en la Península, el recuerdo del tema de la comida, que se me antojaba siempre abundante, aunque no demasiado variada. Muchos de los compañeros de campamento, en realidad la mayoría, era la primera vez que dejaban de comer en casa y no sabían apreciar la "exquisitez" de lo que nos ofrecían, lo que era aprovechado por los que llevábamos meses fuera de casa y "nos poníamos las botas". Claro que había otros momentos más agradables y por unas pesetas, pocas, Félix y yo, y algún otro compañero, nos dábamos de vez en cuando y en los momentos de final de jornada, como a la merienda, nuestra panzada de higos picos que venían a vender unos muchachos que nos los iban pelando a medida que los comíamos, lo que me hacía recordar que mi padre nos contaba que cuando él era joven y en su tierra andaluza de Puerto Real, también los vendían en análogas circunstancia, pero "a real la jartanga", con lo que se comían lo que uno fuese capaz de soportar.
Mi amigo Félix, en realidad, pertenecía a un grupo de amigos, ya pasada la infancia y como hombres formados en muchos sentidos, que encarnaban una juventud algo más libre que a lo que uno estaba acostumbrado. Era un grupito que formaban, junto con él, mi primo Ezequiel, otro gran amigo de toda la vida como fue Raimundo y hasta "el Lade" que aparte nuestros encuentros en el Club viejo con las yolas y luego en el Nuevo no tuve con él mayor contacto y además se nos marchó excesivamente pronto. Por aquellos años había en Santa Cruz un frontón, donde alguna gente se jugaba las perras, y otra, como este grupo de amigos, hizo amistad con la parte femenina del elenco de jugadores, que los había de ambos sexos. Un buen o mal día aquella actividad deportiva y lúdica terminó y sólo queda el recuerdo de unos felices y desenfadados momentos que hoy hasta nos causarían risa.
Corrían los primeros 40 cuando un mal día a alguna autoridad nacional se le ocurrió deducir que el sesgo que iba tomando la lucha europea, a favor de las llamadas fuerzas aliadas que acabarían siendo mundiales, representaban un peligro en potencia para nuestra patria y decidieron decretar una movilización del país ante tamaño peligro potencial que dio con nuestros huesos en los cuarteles llegada la época pre-veraniega con influencia cierta en nuestra vida estudiantil, que a mí me cogió en Madrid en mis estudios de Ingeniería, y así nos concentramos muchos amigos en el cuartel de Ingenieros, sito en la proximidad de la Ciudad Universitaria, truncando nuestros estudios. Menos mal que en mi caso conseguí en verano un traslado "por enfermedad" a Santa Cruz gracias a los buenos oficios del ya entonces coronel Martínez, al que como comandante recuerdo de toda la vida en el Club Náutico, donde una de sus hijas llegó a entorchados nacionales. Claro que como "enfermo" hube de pasar buen tiempo en el Hospital Militar, lo que no impidió que en aquel verano del 43 formalizase mis relaciones con la que hoy sigue siendo mi mujer, así como inicié una profunda amistad con mi amigo Félix.
El curso del 46/47 lo iniciamos Félix y yo en la Península yendo de entrada a una pensión de la calle Valverde, al costado del edificio de la Telefónica en la Gran Vía madrileña, que no me acuerdo de dónde sacamos la referencia; pensión tranquila, de muy pocos inquilinos, con la particularidad de que un par de ellos eran unas bellas y discretas mozas que descubrimos pronto eran profesionales que frecuentaban en las noches el famoso bar Chicote de la Gran Vía, según se enteró Félix enseguida. No llegamos a hacer amistad alguna porque en aquellos días nos mudamos a otra pensión, la de doña Isidora, en la calle Madera Baja, por consejo del medio contrapariente Luisito Ramírez, que la dejaba por irse para Tenerife a su destino militar, elección y consejo que resultaron la mar de acertados. En esta pensión, como en la de la calle Valverde, ocupamos Félix y yo la misma habitación, aunque nos veíamos poco porque yo, aparte de las clases por la mañana en la Escuela de Minas y él en su Academia, por las tardes las tenía ocupadas dando clases en una Academia de la calle La Bolsa, academia de preparación para el ingreso en la Escuela de Ingenieros Industriales, si bien por las noches estudiábamos juntos en el cuarto, aunque en invierno solíamos ir a un café de la Gran Vía que ya no existe, donde podíamos estudiar mejor en la parte alta del mismo porque tenían calefacción todo el día, no como en la pensión, que la cortaban por la noche. Nos solíamos levantar a eso de las 8 de la mañana, ya que las clases comenzaban a las 9 y la primera operación era la ducha, que, al no estar encendida aún la cocina de donde venía el agua caliente, habíamos de tomarla con agua más bien helada, lo que en pleno invierno suponía casi un martirio pero que aceptábamos con espíritu deportivo. Las clases incluían por entonces hasta los sábados, con lo cual los únicos momentos libres eran la noche del mismo sábado y sobre todo el domingo. Solíamos escribir en esos fines de semana a nuestras respectivas novias, y luego, en plena noche, nos íbamos casi siempre a paso atlético e incluso corriendo hasta el edificio de Correos en la plaza de Cibeles, ahora sede de la Alcaldía, a echarlas al buzón y volvíamos, ahora cuesta arriba, hasta nuestra pensión, en medio de un Madrid desierto a esas horas.
Muchas más anécdotas guardo de mi amigo Félix, de sus viajes profesionales a Madrid y de su tienda de la calle Juan Padrón, por la que nunca vi circular coche alguno y por la que yo solía bajar al dejar a Félix para acercarme a saludar al bueno de Pepe Prats, en su tienda de la calle del Castillo, después de aquella otra inicial en Teobaldo Power esquina a Valentín Sanz, frente a la plaza de la Libertad, como decía un anuncio de la radio de la tienda Bon Marché de la familia Rieu en los años de la República. Han pasado muchos años desde que Félix nos dejó, pero su recuerdo sigue tan firme como el primer día. Mi buen amigo Felisián.
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