SE QUEJABA Mario Conde esta misma semana, durante una entrevista en la COPE, de que cierto periódico nacional sigue concediendo patentes de corso sobre quién puede hablar a los españoles y quién no. Tiene razón el ex banquero y ex presidiario, pero esas licencias ya no hacen falta. La sociedad española -una parte importante de ella si hemos de ser precisos- está lo suficientemente adocenada para que no resulte necesario que un periódico, ni por añadidura cualquier medio de comunicación, determine el conjunto de las plumas o las voces políticamente correctas. El ideario colectivo ha sido hábilmente manipulado para que la exclusión social actúe de forma automática sobre quienes se "portan mal". ¿En cuántas iglesias es preciso colgar el cartel "se prohíbe fumar"? Posiblemente en ninguna. Fumar dentro de un templo produce un rechazo social tan grande, que nadie se atreve a hacerlo.
Lo mismo está ocurriendo con las opiniones contrarias a la doctrina del Gobierno de Zapatero. Un Gobierno, unos ministros y ministras, que se proclaman socialistas pero que no practican el socialismo moderno de los países europeos, sino un socialismo atávico al estilo del siglo XIX, incluso con planteamientos previos a la socialdemocracia; es decir, a esa doctrina surgida en Europa a comienzos del siglo XX, que si bien tenía su raíz en el marxismo, pretendía llegar a una sociedad justa mediante reformas graduales dentro del sistema y una renuncia expresa a utilizar la violencia, de forma especial la violencia callejera y el crimen político. Cierto que Zapatero y sus ministros y ministras no proclaman revoluciones sangrientas. Son suficientemente listos para no caer en ese error. No obstante, contrarrestan tal ausencia de radicalización visible con un "ir más lejos" en el sentido de ir más atrás; de alcanzar planteamientos, convenientemente desdibujados para que no se noten, que no se veían en este país desde el aciago bienio republicano vivido entre 1934 y 1936, y cuyo colofón fue el inicio de la Guerra Civil. Basta echar un somero vistazo al anteproyecto de Ley de economía sostenible. Me parece bien la intención de acortar los plazos de pago de la Administración aunque la medida llegue un poco tarde, habida cuenta de que ya han desaparecido 400.000 autónomos por la morosidad de ayuntamientos y otras instituciones. Pero eso sólo es el engodo que echan al mar los pescadores de caña antes de lanzar el anzuelo. Un anzuelo en el que Zapatero y los suyos han ensartado otros gusanos suficientemente voraces para horadar los cimientos de una sociedad que no les gusta a los progres con talante. Gusanos que van desde la transparencia del sueldo de los ejecutivos y altos cargos de empresas privadas -empresas privadas, ese es el contexto, que ya no podrán pagar lo que quieran a quienes estimen oportuno sin que se sepa-, hasta la regulación de la temperatura del aire acondicionado, o de la calefacción, en locales igualmente privados. Por algún lugar hay que empezar a instalar la economía socializada. ¿Nos vale el modelo cubano?
¿Qué hace, entre tanto, el pueblo español? Dormir. Afirma Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas" que "delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente como todo el mundo y, sin embargo, no se angustia; se siente a salvo al saberse idéntico a los demás". En el caso de España, a los españoles los obligan a sentirse seguros mientras sean masa borreguil por un procedimiento tan sencillo como eficaz: al que saca los pies de la maceta, lo laminan. Eso de ningunearlo y condenarlo al ostracismo mediante el descrédito personal es poco; literalmente, lo crujen hasta arrugarlo como si fuera papel de aluminio.
Un ejemplo de descrédito perpetuo a manos de la izquierda canaria juanfernandista lo tenemos en José Manuel Soria, vicepresidente del Gobierno autónomo y consejero de Economía. "Se acabó el absentismo para ir a la playa", dijo hace unos días. Manifestación callejera al canto convocada por unos indignadísimos sindicatos. Dejemos las cosas claras: sin el movimiento sindical nunca hubiésemos llegado al Estado del bienestar; a países en los que cuentan más los ciudadanos que las masas descritas por Ortega. Pero, ¿qué les pasa actualmente a los sindicatos? ¿Ni una sola protesta porque España encabece el paro de la UE, y un alboroto descomunal por una afirmación de que se debe acabar con el fraude laboral, lo cometan los funcionarios o los trabajadores privados? Malo es que esa mansedumbre social que todo lo tolera se extienda por los mortales comunes y corrientes; que afecte también a los sindicatos, aunque se trate de sindicatos adecuadamente subvencionados, resulta más preocupante.
Temo que nos aguardan tiempos difíciles. No por la crisis, porque después de la tempestad siempre viene la calma. Lo que me alarma es el acelerado resquebrajamiento político y social del barco en el que navegamos; sin algo bajo los pies que nos sustente, nos hundiremos tanto si estamos en medio de un huracán como si atravesamos un mar en calma chicha. Y hace mucho tiempo que nos estamos resquebrajando.
rpeyt@yahoo.es
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD