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ANTONIO ALARCÓ *

Edad y política

29/nov/09 09:35
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CIERTO es que los años no pasan en balde y que con cada aniversario que celebramos pagamos una factura difícil de definir con exactitud, pero también lo es el hecho de que no todo el mundo envejece de la misma manera y que la edad no es un indicador fiable de la valía y capacidad de nadie.

Sin embargo, en España y en otras sociedades occidentales, que conocemos como "civilizadas", la vejez se desprecia y se convierte en un hándicap imposible de superar para seguir ocupando determinados puestos de responsabilidad, tanto pública como privada.

De esta forma, condenamos a muchas personas (públicas pero también anónimas) a un aislamiento obligado con el que despreciamos años de experiencia, que, casi siempre, van unidos a un amplio bagaje y conocimiento. En definitiva, tiramos a la basura un valioso tesoro que cuesta muchísimo recopilar. Quizá porque el saber que antes representaban los abuelos ha querido ser sustituido por las nuevas tecnologías.

El debate sobre el trato que damos a los mayores en España siempre está presente, pero estas últimas semanas el nombramiento de Alberto Oliart, de 81 años, como presidente de la Corporación de Radiotelevisión Española, lo ha vuelto a poner en la picota.

Poco se ha hablado del currículum de este ex ministro de UCD o de si está o no preparado para afrontar el reto de dirigir el ente público en un momento crucial como el actual, en el que dejará de emitir publicidad.

Ni siquiera se ha valorado que su elección ha sido fruto del consenso entre los dos principales partidos políticos del país. Nada de eso, lejos de ahondar o cuestionar su valía, competencia y capacidad profesionales, la crítica que más se ha repetido en todo este revuelo tiene que ver con la fecha de nacimiento que figura en su DNI.

Está claro que en España no queremos darnos cuenta de que la capacidad de una persona no tiene por qué estar relacionada con su edad (ni mucho menos). Hay muchos ejemplos de profesionales que superan los 70 años que se mantienen activos. Podemos citar a los escritores José Luis Sampedro, José Saramago o Ana María Matute, pero también debemos recordar a Francisco Ayala, que falleció perfectamente capaz a los 103 años hace poco menos de un mes. La lucidez de María Rosa Alonso no la tienen muchas personas de 40 años.

En este colectivo de veteranos (¡cómo no!), también hay destacados hombres de la política como son Manuel Fraga o Santiago Carrillo, ambos en muy buenas condiciones a pesar de que peinan canas desde hace ya bastante tiempo.

En España hay dos millones de octogenarios y 8,5 millones de personas mayores de 65, muchas de ellas tienen todavía mucho que aportar a la sociedad y se encuentran en perfecto estado para hacerlo. Sin embargo, cuando les llega la jubilación, en la mayoría de los casos se les aparta y se les envía constantemente mensajes de todo tipo para dejarles claro que ya no valen, que no les necesitan y, lo que es peor, que son una carga.

Ejemplo de ello fue la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983 (aprobada por un gobierno socialista). Creyendo que iba a arreglar el mundo, estableció la jubilación forzosa de todos los profesores a los 65 años. Sin embargo, a los dos años tuvieron que rectificar y aumentar el plazo hasta los 70.

Algo parecido ocurre en la política. Muchas veces personas de una valía enorme son sometidas a un "retiro por decreto" por parte de su propio partido político, por el simple y anecdótico hecho de haber superado cierta edad.

¡Qué equivocados estamos! Lejos de minusvalorar todo lo que las personas mayores pueden aportar de conocimiento, experiencia y sosiego para afrontar los problemas y dilemas que la vida nos pone por delante, deberíamos reivindicar los años como una apuesta de futuro.

Cierto es que quien no conoce su pasado, está condenado a repetirlo. Sin darnos cuenta estamos desperdiciando todo un potencial de trabajo y experiencia, y prueba de ello es que muchas personas a las que su empresa ha prejubilado han acabado trabajando para la competencia o creando su propio negocio.

Efectivamente, las personas de más edad son una fuente inagotable de conocimiento y sabiduría de la que debemos aprender y a la que deberíamos consultar más a menudo. Probablemente nos equivocaríamos con menos frecuencia y acertaríamos mucho más a menudo.

De esta forma, podríamos contrarrestar el poder que está alcanzando el ímpetu juvenil de las sociedades occidentales, que desprecia a los mayores y les hace creer que ya no son capaces, que ya sólo valen para viajar con el Imserso o cuidar de los nietos.

No podemos olvidar que la vejez es parte de la vida y lo importante es saber afrontar este proceso en el que la fuerza y la vitalidad juveniles dan paso al sosiego y la reflexión. Sobre todo porque estamos convencidos de que ser joven es un sentimiento que nada tiene que ver con el año en que nacimos.

Todas las facetas de la vida tienen algo que aportar. La sabia combinación de edades y respeto mutuo es lo que hace una sociedad justa y equilibrada.

* Senador del Partido Popular por

Tenerife, vicepresidente y consejero

de Sanidad y Relaciones con la

Universidad del Cabildo

de Tenerife

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