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ÁNGEL RIPOLLÉS

Juventud y vejez

29/nov/09 09:35
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HE TENIDO una niñez con claros y oscuros, aquéllos entrañables, éstos dolorosos, para olvidar. Eso me enseñó a amar la niñez, y me llevó a la Dirección del Reformatorio de Menores durante cinco años, conviviendo con los allí ingresados, todos hoy hombres útiles a la sociedad, algunos de ellos profesionales destacados.

Se regaló a través del Club de Leones, cuya presidencia ostentaba, un parque infantil en El Sauzal, o una campana neumática portátil al Hospitalito, para que ningún nacido, si vivía alejado del citado Hospitalito, pusiera en peligro su vida.

A los asilos de Santa Cruz y La Laguna, bellas instituciones, regalábamos lotes de medicamentos y algún extraordinario de alimentos o de vestido.

El recuerdo de mi cariño por los que nacen y por los que se acercan a la muerte es el norte de mi vida. Esas realidades me hacen sentirme satisfecho y joven a pesar de mis muchos años, porque no se puede ser viejo cuando siguen intactas, como el primer día, la memoria y el entendimiento. Cuando nuestro espíritu no se arruga. Cuando está fresco.

En algún sitio leí, tiempo ha, que el hombre se hace viejo a medida que caen sus ilusiones como hojas arrancadas por el viento. No envejecen tanto los años y las enfermedades cuanto unirse a lo caedizo. La hiedra se agarra al muro fuerte, cuanto más viejo más frondosa se muestra.

Las preocupaciones, las dudas, los temores y las desesperanzas son los enemigos que lentamente doblegan y nos hacen sentirnos viejos.

Eres tan joven como tu fe y tan viejo como tu duda. Tan joven como tu confianza en ti mismo. Tan joven como tu esperanza. Tan viejo como tu abatimiento. Te conservarás joven mientras te mantengas receptivo, sensible a lo que es bueno, bello y grande; sensible al mensaje de la Naturaleza. Si un día tu corazón fuese a ser mordido por el pesimismo y roído por el cinismo, que Dios tenga misericordia de tu alma de viejo.

Puedo asegurar, si Dios lo permite, que se nevarán mis cabellos, se fatigará mi cuerpo, pero nunca nadie podrá robarme el placer de ejercer, con la misma ilusión que el primer día, mi bella profesión: la abogacía. Me siento útil a mis ochenta y cinco años. Me encuentro joven cuando asesoro al que lo necesita. Cada vez que me pongo sobre mis hombros la negra toga para defender al que me otorga su confianza. Me siento que tengo en mis bolsillos el tesoro de la juventud.

Cuando entro en mi despacho de abogado, y veo que son pocos los clientes que me esperan, me inunda la tristeza, que desaparece cuando ocupo el banco de la defensa en la Audiencia Provincial para abogar por aquel que robó por necesidad o, en su caso, aclarar que la persona acusada no tuvo intervención en la trama acusatoria o tenga que acusar al que ultrajó, injurió, o desconoció los valores que comporta la libertad en un estado de derecho.

En fin, cuando reviso mi vida, comprendo que pude hacer más. Todo es mejorable. Quizá me quede tiempo para hacerlo. Todo depende de Dios.

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