MAL que le pesara a un meapilas, durante algún tiempo acompañé al conocido equipo de los Pelayos por los casinos de medio mundo. Guardo una montaña de anécdotas que nunca he contado porque ya lo han hecho el propio Gonzalo y sus hijos, tanto en un libro muy ameno como en dos o tres documentales de televisión. Sin embargo, y al menos hasta lo que yo sé, nunca han mencionado los Pelayos la actitud de aquellas otras personas, muchas de ellas presa de la ludopatía -acaso la más feroz de todas las adicciones que pueden afectar a un ser humano-, con las que convivían a la fuerza durante unas horas frente a las mesas de juego. Quizá nunca se fijaban en ellas porque los Pelayos iban a los casinos a lo que iban, pero yo las observaba noche tras noche. Unas veces de reojo, casi sintiendo su aliento ansioso ante la inminente caída de la bola, y otras a unos cuantos metros de distancia para no evidenciar mi interés por su tragedia personal. No obstante, más allá de estas miserias a las que nunca quise ponerle nombre y apellidos, había algo común a todos los jugadores con independencia de su sexo, raza o extracción social: cuando ganaban, el mérito siempre era de ellos; cuando perdían, en cambio, la culpa la tenían los demás. En el blackjack porque alguien pedía una carta que no debía o porque dejaba de pedirla; en la ruleta, porque una gorda se apoyó en una esquina de la mesa y descompensó el impredecible capricho del azar, o porque el crupier había lanzado los dados con la habilidad suficiente para que ganase sólo la casa. Todo ello sin mencionar lo que sucedía en las mesas de póker, tanto en los casinos como en las timbas. Algún día les cuento algo de aquellas partidas que solían empezar los viernes por la noche y acabar los domingos por la tarde. Hoy, no.
Hoy hay que seguir con la política; con la presunta -o presumida- especialidad del meapilas que se escandalizaba porque anduviese por los casinos con o sin los Pelayos. Y la última perla de esa política a la que nos tiene acostumbrados el Gobierno de Rodríguez Zapatero -la política de que los éxitos le corresponden a ellos y los fracasos a los demás- la ha expuesto la ministra de Economía, Elena Salgado, tras el Consejo de Ministros de ayer. Anunció la ministra un anteproyecto de ley según el cual las empresas que coticen en Bolsa deberán poner a disposición de sus accionistas toda la información sobre las remuneraciones de directivos y ejecutivos. Remuneraciones que deberán, además, ser votadas en las juntas generales.
Ciertamente, vamos mejorando. A partir de ahora podremos saber, por ejemplo, cuánto gana Amancio Ortega, dueño de Zara por si alguien todavía no lo sabe; o el presidente de Telefónica, el de Endesa, y también los de otras muchas compañías, todas ellas empresas privadas. Cualquiera podría pensar que el Gobierno de Zapatero intenta sustituir la economía de mercado por una dirigida desde el Estado. Cualquiera podría pensar mal y acertar; desde luego que sí. El asunto, empero, va más allá, pues supone una nueva vuelta de tuerca del cinismo zapateril. El asunto es aprovechar que estamos en el país de la envidia para poner sobre la mesa otra lista de ricos culpables de la hecatombe; culpables incluso de que uno de cada tres nuevos parados en Europa proceda de España. Y así hasta la próxima.
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