NO EXISTE el verbo dignar; sí existe el verbo pronominal dignarse. Imagino que todo el mundo (casi todo el mundo) lo sabe, pero si yo me ocupo ahora de esta gracia no es por simple capricho, sino porque?
Aún sigo leyendo con agrado, aunque muchas veces no coincida con sus apreciaciones, los artículos que don Luis María Anson publica en el suplemento cultural de "El mundo". El señor académico escribe en uno de los números más recientes de la revista las siguientes palabras: "Cuando se digna a descender hasta la mar océana, Francisco Rico se convierte en un acorazado?". Como siempre he hecho acompañar el verbo dignarse con un infinitivo sin preposición ("Le pregunté la hora y no se dignó contestarme"), me sentí extraño en la lectura de don Luis María. ¿Qué podía hacer yo en ese momento sino consultar el diccionario? Tuve la gran suerte de que el DRAE, después de explicar el significado de la palabra que me interesaba -y me interesa-, ofrece este ejemplo: "Se dignó bajar del palco". Con lo cual me puse más contento que unas Pascuas porque el diccionario no emplea la preposición y parecía estar más cerca de mí que del señor Anson, que es miembro, lo repito, de la Docta Casa, aunque esto parezca un contrasentido.
Pero dura poco la alegría en casa del pobre.
Cuando me serené un poco de mi presunción y casi mi soberbia, consulté el Panhispánico, que es más joven que el DRAE (cuatro años de diferencia) .El significado de la voz dignarse es idéntico y se ofrece este ejemplo: "El inválido no se digna mirarla", tomado del libro "Fiesta", de Vargas Llosa. Pero no satisfecho con esto, que me daba la razón, se añaden otras palabras, que me decepcionan profundamente (presumido que es uno). "Es hoy frecuente, incluso entre hablantes cultos, anteponer al infinitivo la preposición a, uso que no hay por qué censurar". Y se cita, para que no haya dudas, esta frase: "Mamá Elena ni siquiera se dignó a recibirla".
Visto lo visto, bajo mis humos. O sea, pongo los pies en tierra y digo que los académicos son los académicos. Vamos a ver si, por fin, dejo a un lado estos antojos de escribidor brillante y me pongo a la altura que me corresponde. Ni un centímetro más arriba.
-¡Pues claro, tío! ¿Tú no sabes que el que se ensalza será humillado?
Me pregunto por qué tiene que ser Lolo tan agresivo con su tío, si yo lo tengo siempre en la palma de la mano.
Vamos con otro caso, tan importante como el anterior. Lo contaré brevemente para no cansar al lector. Mi amigo Manolo Benítez de la Guardia, abogado garachiquense radicado en Venezuela hace más de medio siglo, me dijo un día por teléfono no sé qué cosa de egresado. Mi amigo mostró su extrañeza cuando le dije que no conocía tal vocablo, que para mí era un descubrimiento. Hoy, más de veinte años después de aquella anécdota, la encuentro casi repetida en un libro de un profesor amigo. Suele emplearse tal palabra referida a alguien que ha terminado sus estudios y sale del centro académico con un título en la mano. Y aclara mi amigo profesor : "Esta voz que era exclusiva del español americano está desplazando a otras quizás de significado más preciso como graduado, diplomado, licenciado, titulado, según los casos".
¿Por qué somos así? ¿Por qué nos vamos a Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Guatemala? a buscar palabras si tenemos aquí las suficientes para parar un tren?
Por lo que respecta a las voces tórpido y rigoroso, empleadas en su artículo por el señor Anson, al que ya hice referencia, bien estarían enmarcadas en la sala noble de un intelectual. Pero no las veo yo con las vestiduras que se necesitan para salir a la calle. Claro que esto no deja de ser una opinión de quien poco tiene que aportar a la riqueza y brillantez del idioma.
Pensaba terminar aquí este trabajo, pero suena mi teléfono y Dácil me pregunta si tengo noticia de lo que está ocurriendo con la palabra acercanza. Naturalmente le contesto que no. Y, como la cosa más natural del mundo, me comunica que "?académicos como José María Merino, Arturo Pérez Reverte, Javier Marías, Francisco Brines y Emilio Lledó se conjuraron para poner de nuevo en circulación la palabra citada, saliendo de este modo al paso de un amago de suprimirla del diccionario".
Acercanza bien vale una misa. Como París para Enrique IV.
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