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EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO M. GONZÁLEZ *

Un café con la Dra. Oliva

27/nov/09 07:31
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A PESAR de los años, la doctora Adelaida Oliva Boligán todavía conserva esa belleza y encanto del alma de la mujer chicharrera -porque el alma no se arruga-, junto con una prodigiosa claridad en las ideas y una memoria envidiable. Nace en S/C. de Tenerife, donde realiza sus estudios de Bachillerato y termina la carrera de Magisterio en la Escuela Normal de La Laguna, en el año 1940. A continuación, en nuestra Universidad, hace el curso preparatorio de Medicina para seguir la carrera en la Península. Al volver a nuestra tierra, es la primera mujer que se inscribe en el Colegio de Médicos tinerfeño, con el número 333. Dada su excelente retentiva y capacidad de evocación, dejo que sea ella la que hable:

"Mi vocación realmente era la de médico. Aunque mi titulación de maestra -que nunca ejercí como tal la obtuve obligada porque en aquellos años era muy complicado salir a estudiar fuera de las islas. Al comenzar los estudios de Medicina, me di cuenta de que era una profesión de gran interés humano, de ayuda a los demás y donde en aquellos años había mucho que hacer.

Los primeros cursos de la carrera los hice matriculada por libre en la Facultad de Medicina de Salamanca -1941 a 1943-, y ya como alumna oficial en 1944, en la Facultad de San Carlos en Madrid, donde tuve la suerte de aprender de grandes maestros de la Medicina como los catedráticos don Carlos Jiménez Díaz, y don Agustín del Cañizo. Allí terminé la carrera en el año 1946; promoción a la que, por unanimidad, se llamó "Promoción Martínez Bordiú" -compañero de carrera-. Y que coincidió con la jubilación del doctor Cañizo, que en su última lección maravillosa -un resumen de su vida- nos dio tres consejos: a) nos recomendó encarecidamente seguir siendo estudiantes toda la vida; b) fomentar la fe y el entusiasmo por la Medicina; y c) ser buenos compañeros y amigos.

Durante el curso 46-47 hice las asignaturas del doctorado con los catedráticos Gregorio Marañón y Pedro Laín Entralgo, entre otros. Al año siguiente, fui seleccionada para los cursos que, por primera vez, se convocaron para médicos en la Escuela Nacional de Puericultura. Con el título de médico puericultor, me fui a la Casa de la Salud de Valdecilla, en Santander, para ampliar estudios de Medicina infantil, con el profesor Guillermo Arce, uno de los maestros de Pediatría de aquel entonces. A la vez trabajé como médico asistente del Jardín de Infancia de Santander. Durante esta época, también aprobé las oposiciones al Cuerpo de Médicos del Registro Civil -que se convocaban por primera vez- y tuve la satisfacción de ser la primera mujer de España que ingresaba en este Cuerpo.

Elegí la especialidad de Pediatría, tal vez por mí interés por los niños: la salud infantil es la clave de la salud de la sociedad. Hasta entonces la alimentación infantil, las condiciones higiénicas en las viviendas y las costumbres diarias no estaban encuadradas en patologías infantiles como una especialidad de la Medicina General y tampoco se les prestaba una excesiva atención.

En la Península recuerdo cómo los canarios llamábamos la atención por el frío que pasábamos, pero recuerdo con más nostalgia la mesa camilla con su faldón y su brasero y los cafés que la mayoría de las veces eran "rehervido especial" o "achicoria", pero que ayudaban a llegar a fin de curso. No había fotocopiadoras, pero los apuntes eran muy trabajados entre los compañeros, que nos ayudábamos para que pudiesen salir bien. Tampoco teléfono directo, sólo correo postal o telegrama. Éramos conscientes del esfuerzo económico que, con tanta ilusión, hacían nuestros padres; eso fue lo que a mí me movió para terminar lo antes posible. No me quedaba tiempo para el mundo "rosa": conocí al que fue mi marido en Madrid mientras yo preparaba el doctorado y él ya trabajaba allí de abogado, aunque era de Granada. Como mi primer destino del Registro Civil fue en La Laguna, el noviazgo siguió por carta hasta que nos casamos.

En Tenerife, también trabajé como médico-pediatra puericultor de la Seguridad Social, por oposición, hasta jubilarme. Y de forma desinteresada, en el Hogar de la Sagrada Familia, así como en la atención sanitaria a las escuelas, junto a las compañeras Áurea Hernández y Eulalia, bajo la dirección y el magisterio de los doctores Diego Guigou e Isidoro Hernández.

Muchísimas gracias, doctora, por su amabilidad y por su lección de toda una vida de estudio, de fe y entusiasmo por la Medicina, de compañerismo y de amor por los enfermos.

* Orientador familiar y profesor emérito del CEOFT

fmgszy@terra.es

 

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