QUE nos perdone el lector por usar estas expresiones -lo sentimos de verdad-, pero no encontramos otras más adecuadas para exponer nuestra indignación: ¿quién coño es un godo para hablar de independencia y separatismo del Archipiélago canario en el sentido contrario a conseguir la libertad que tanto anhelan los canarios? Nos referimos a un godo -y a todos los godos en general- que está al servicio descarado -descaradísimo- de Las Palmas, a través de un medio de información que es caballo de Troya e hijuela de su padre y madre canariones; tanto, que hasta publican simultáneamente las noticias y artículos que perjudican a Tenerife para defender a la tercera isla. No hablamos de un peninsular, sino de un godo, pues godo no indica procedencia sino actitud. ¿Sabe este ágrafo amanuense, por más señas traidor de sus propios compañeros, a los que dejó en la calle tras embarcarlos en una aventura de la que sólo él salió beneficiado, cuál es la diferencia entre independentismo y separatismo? ¿Quién es un ignorante como él para hablar de independencia y separatismo y confundir los términos?
No es lo mismo independentismo y separatismo. Entendemos que existen diferencias políticas, gramaticales y de matiz con respecto a una y otra palabra. No obstante, el godo, en su osadía, se lanza a opinar y lo único que consigue es evidenciar aún más su ignorancia. Deberíamos dejarlo en su incultura, pero no podemos pasar por alto semejantes disparates. Porque, ¿quién es este godo para hablar de Canarias y de insularismo?, nos preguntamos también. En esa exhibición de incapacidad se asemeja a otro de los cuatro godos que padecemos en la prensa canaria, a los que jamás hemos citado en nuestros comentarios y editoriales. Son ellos quienes se han sentido aludidos y se han señalado a sí mismos. Ninguno de esos cuatro godos puede conocer la diferencia entre separatismo e independentismo porque jamás se han identificado con las Islas y sus habitantes. Siguen con sus conceptos mentales de metropolitanos. De Canarias sólo conocen lo que sus amos canariones les han inculcado. En sus continuos ataques a la auténtica canariedad -una idiosincrasia que sólo podremos desarrollar plenamente cuando poseamos la libertad que nos proporcionará la independencia-, mienten descaradamente, atacan a EL DÍA y le faltan al respeto a José Rodríguez, a quien una y otra vez nombran mediante el diminutivo familiar de su nombre. Estos godos de la prensa, así como todos los godos en general, son un peligro. Y volvemos a repetir que no identificamos al godo con el peninsular. El godo es el español prepotente y despreciativo con los canarios, a los que considera indígenas de una colonia y, en consecuencia, seres inferiores. A dos de los godos de la prensa los hemos padecido en esta Casa. Uno de ellos, como decimos, engañó vilmente a sus compañeros. El otro se dedicó a mercar títulos y favores para sí mismo, haciendo creer descaradamente a políticos y empresarios que era él, y no José Rodríguez, el máximo responsable de este periódico. Ahora está oculto por ahí como si con él no fuera la cosa. Desde que salió de esta Casa se acabó el godo. Ya no es nadie, como tampoco son nadie, afortunadamente, dos o tres que hemos despachado y que se han refugiado con sus artículos en la prensa canariona o en la tinerfeña pro canariona. Por eso hoy volvemos a decirles a nuestros lectores que un solo euro gastado en comprar cualquiera de esos periódicos es un euro enviado a Las Palmas para que la tercera isla perpetúe la rapiña contra las demás; especialmente contra Tenerife. Y entramos en materia.
Sin profundizar demasiado, a pesar de ser esto un editorial -un fondo de EL DÍA-, repetimos que no es lo mismo independentismo que separatismo. Se separa de un país un territorio que siempre ha formado parte de él físicamente. Es decir, una porción que ha sido parte única del mismo suelo. En cambio, el independentismo busca recuperar la libertad para un territorio -en nuestro caso el Archipiélago canario- que ya era soberano antes de ser anexionado por un país que lo ocupó por la fuerza. Es decir, un territorio que ha sido unido a otro contra natura. Es, insistimos, el caso de Canarias y España. Canarias nunca fue parte de España. Los aborígenes que vivían pacíficamente en este Archipiélago desconocían la existencia de España porque España ni siquiera existía en la época a la que nos referimos. Estas Islas, lo reiteramos, formaban un país de personas pacíficas, de criaturas de Dios, que fueron invadidas y esclavizadas con brutalidad y en unas condiciones que no vamos a repetir hoy para no cansar al lector, pero que volveremos a exponer en el futuro como lo hemos hecho en el pasado. Y todo ello para que Canarias se incorporara a la Corona de Castilla; para que formara parte de un Estado monárquico situado a 1.400 kilómetros -aunque entonces se empleaban las leguas como unidad de medida- y en otro continente.
Desde entonces se nos considera españoles. ¡Qué absurdo! Tan absurdo como la existencia de los amantes de la españolidad, de los españolistas y de los "españolistos", los nacionalistas tibios que no se deciden a reclamar la independencia de su tierra, de los teóricos que siguen enredados con sus propias majaderías y de los analfabetos que continúan pensando que esto es España. Esto no es España, aunque a los canarios nos han hecho pasar por españoles. Algo de lo que se ríen los españoles y hasta los europeos, porque en Europa saben cuál es nuestra posición; saben en qué continente estamos. Por eso la señora Oramas, el señor Perestelo y el otro hacen el ridículo en el Congreso de los Diputados cuando se ponen a hablar con estilo de magos, pensando que quienes los oyen creen que son españoles elocuentes. Poca elocuencia pueden tener quienes sólo poseen una verborrea cansina de indígenas isleños. Qué diferencia si hablaran como ciudadanos de un país libre, con bandera y asiento en los foros internacionales.
Lo mismo podemos decir de un señor "inhabilitador", también empeñado en demostrar que Canarias es España. Aunque el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, a raíz de una moción suya, haya declarado la españolidad de Canarias, este Archipiélago sigue sin ser España. Tal declaración del Consistorio capitalino tiene el mismo valor que si sus ediles se hubiesen empeñado en decir que Nueva York es España. No lo creemos nosotros ni lo creería nadie. De igual forma que no creemos que la tercera isla, la antigua isla hermana, sea grande. Ni es grande, ni es feraz, ni es bella, ni tiene por qué ostentar el calificativo "gran" en su nombre.
Ya que hablamos de la tercera isla, recordamos que ese tren que proyectan construir es una inmoralidad política. Eso supone derrochar el dinero de los pobres en tiempos de crisis. Por ello, lo repetimos una vez más, pronto lloverán las denuncias contra sus promotores. No hay derecho a que se gaste tan estúpidamente el dinero de los canarios y los españoles.
Acabamos este editorial con el puerto de Granadilla, cuyas obras han sido paralizadas por el Tribunal Superior de Justicia de Canarias, con sede central en Las Palmas. Creemos en la Justicia, pero no creemos en Las Palmas. Urge que este Tribunal levante cuanto antes la paralización cautelar de las obras, porque ese proyecto va a beneficiar a una Isla y a todo un Archipiélago. La Justicia no puede oponerse al bienestar del pueblo. Tanto el puerto como el polígono industrial que se quiere construir en la costa de Granadilla proporcionarán muchísimo trabajo y disminuirán el consumo de petróleo para generar electricidad en Tenerife. Porque, señores enemigos de Tenerife, ni en la costa de Granadilla afectada por este proyecto, ni en tierra, hay nada que justifique la paralización de la obra. El proyecto cumple todas las medidas de protección del medio ambiente y todas las medidas exigidas por Europa, cuyo permiso de construcción posee ya. Lo repetimos: en la costa de Granadilla, nada de nada. Se ha demostrado que sólo hay hierbajos submarinos. Lo que sí hay es mucha mala uva por parte de quienes pretenden el estancamiento de Tenerife, aunque a la larga no lo van a conseguir. Hay que dialogar jurídicamente con la Justicia, que es donde se mantiene el único y último obstáculo que paraliza la construcción en la actualidad, con lógica y razones, exponiéndole todas las necesidades humanas que resolvería ese puerto.
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