Una cosa es que te tomen el pelo y otra que, encima, te choteen. No soporto la supremacía ideológica de nadie; y mucho menos de una izquierda que, en general, ha traído a este mundo más penas y desgracias que otra cosa. Pero aún menos soporto el complejo de inferioridad de quienes son incapaces de afrontar con un mínimo de dignidad sus creencias e ideas; tal vez por aquello de que te puedan etiquetar de una forma determinada que implique menosprecio y humillación. En una sociedad democrática caben todas las ideas políticas, siempre que se manifiesten de forma razonada y que no impliquen violencia o discriminación en cualquiera de sus formas.
Dicho esto, observo que en nuestra sociedad actual el ser de izquierdas, lo que ahora la propaganda y el sectarismo socialista de Zapatero ha denominado como progresismo, es como tener un valor añadido que va con la persona que se declara como tal, y que le abre puertas y ventanas a un mundo que se cree inmune contra la verdad razonada. En ese mundo se reparten etiquetas de buenos y malos, de guerras justas e injustas, de pobres y ricos, de patronos y obreros, de libertadores y liberados?; además de empeñarse en establecer referentes éticos y morales que legitimen, de alguna forma, el modelo de desarrollo progresista en el que se asienta este inmenso vacío que padece nuestra sociedad.
En esta búsqueda incesante de rellenar ese hueco en la filosofía política de nuestra vida pública es donde se concentran las acciones del gobierno con la intención de regular nuestra vida cotidiana a base de prohibiciones y recortes de libertades; disfrazando su incompetencia para salir de esta crisis con un aumento desaforado y totalmente injusto de las ayudas y de las subvenciones. Pero la realidad es que a esta izquierda que nos desgobierna lo único que le preocupa es conseguir articular una nueva estructura social, alterando a través de la educación y de la modificación o prohibición de las costumbres y hábitos sociales que se rija por unos determinados valores de izquierdas -o sea, progresistas-, que impliquen que cualquier ciudadano que no acepte dichos valores, no tendrá derecho ni tan siquiera a pan y agua.
Así, se puede ver y oír, sin el mayor reparo moral o ético, cómo un presentador de televisión -que se supone imparcial- al preguntarle a su interlocutor -concejal de un partido de derechas- por una de sus últimas propuestas municipales para esta legislatura en torno a la ayuda a las familias, y éste le contesta de forma tranquila y razonada que entiende que el mayor esfuerzo presupuestario debe hacerse precisamente en ese sentido; que las familias, sobre todo las que tienen más hijos, deben ser apoyadas económicamente, bien recortando el pago de impuestos o sufragándoles material escolar, comedores, guarderías etc. y, sobre todo, apoyando a las jóvenes que se quedan embarazadas y tienen dudas sobre si continuar o no con su embarazo para que, de alguna forma, no se sientan solas y desamparadas, se debe, decía el interlocutor, ayudar antes, para evitar en lo posible que tengan que llegar a la terrible decisión de tener que abortar.
Ante este hecho, el periodista, desde su primacía ideológica, repartió rápidamente un carné de derechas, adjudicándole de forma peyorativa y con retintín al ingenuo concejal dicha etiqueta; ya que el mero hecho de ayudar de esa forma (?) a las familias, y sobre todo a las jóvenes embarazadas, era una cuestión, obviamente (?) de derechas; siendo de izquierdas, y por tanto progresista, supongo yo, la defensa del aborto. ¿O no? ¿Es o no es para quedarse perplejo? Pero lo malo no es que esto suceda; lo peor es que dicho concejal no defendiera su posición ideológica ante un ataque tal de sectarismo y de menosprecio. ¿Por qué ha de ser de derechas la defensa de la vida y cuanto se haga porque las mujeres -por ahora las únicas que se quedan embarazadas-, piensen en ellas y en sus vidas, antes de darles a ese hijo o hija que llevan dentro de sus entrañas la oportunidad de vivir.
La izquierda cada vez tiene menos recorrido razonado para hablar de aborto banalizando sus consecuencias. La ciencia, esa a la que tanto se aferran los que no creen en la conciencia y en el temor de Dios, nos ofrece cada día que pasa más convicción de que la vida de un no nacido no tiene menos valor por el mero hecho de que no se le vea. Hoy en día ya existe la posibilidad de ver en tres dimensiones ecografías de fetos con apenas unas semanas de vida, donde se les distingue perfectamente su condición de ser humano. No son conejos, ni muñecos, ni relojes. Son, a pesar de lo que diga la izquierda representada por la ministra Aído, seres humanos. Y si defender la vida, la familia y a la mujer embarazada, para evitar en lo posible que no cometa un error, es de derechas, a mí que me den todos los carnés y que se queden ellos con la etiqueta de progresistas; yo, al menos, renuncio a esa clase de progreso.
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