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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

En El Hierro, vieja memorias

23/nov/09 07:30
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CUANDO se avanza en años y vuelves la mirada hacia atrás casi siempre se tropieza con las vivencias de la infancia y de la juventud. Se traen a la memoria personas que desde la relevancia que tenían fraguaron en el ánimo un estado de complacencia al haberlas conocido; así como los paisajes aquellos, cuentos, conversaciones, anhelos, fantasías y, sobre todo, esperanzas que se impregnaron en la imaginación de un niño o de un adolescente.

De los maestros, de todos, el reconocimiento más entrañable, desde el que nos enseñó a deletrear y emborronar los cuadernos con el mapa de La Palma en la portada a los que en los cursos de aquel Bachillerato nos iban apuntalando en conocimientos para refrendarlos en el examen al que nos sometían los profesores que llegaban bien desde el Instituto de Santa Cruz o el de La Laguna

De los que nos asombraban con sus discusiones hasta literario-filosóficas los domingos después de misa de doce y que alguno de ellos, más tarde, se sentaba delante del piano del viejo Casino y embelesado nos deleitaba con aquellas piezas tan ensoñadoras, que nos predisponían a pensar más allá del horizonte de cada uno.

De los que nos contaban hazañas de amores y desvaríos y a los que deseábamos emular cuando fuéramos mayores como ellos.

De los que fugándose de la rutina de una isla en donde la monotonía del tiempo dominaba fueron capaces de diseñar un campo de fútbol que hicimos entre todos con tierra arenosa donde apenas botaba la pelota, hasta las idas al terraplén de San Andrés para entre la bruma y el frío darle unas patadas al balón aquel de costura que nos rompía la frente y que era una de las cosas que nos apasionaba en aquel momento.

De los bailes aquellos fugados al Mocanal en bicicleta "matándose uno en la oscuridad" donde se escribió en la historia sentimental de los pueblos relatos de una exultancia juvenil que nos duraba toda la semana.

De los que nos manejaron con docilidad y plena sinceridad la historia de una isla que empezábamos a conocer y que, bien desde El Pinar en el bar aquel del Mentidero hasta la compañía por las calles solitarias de la Villa, nuestro viejo amigo nos relataba con entusiasmo y vehemencia.

De las lecturas que nos propusimos desarrollar para contrarrestar las ínfulas intelectuales de algunos a los que admirábamos y que queríamos ser como ellos para que se nos tuviera en cuenta en el espacio cultural de la isla.

De los veranos del Tamaduste, de las fiestas de La Caleta, de Echedo, del Golfo, de las excursiones al monte; de las subidas a Valverde en la moto del amigo aquel, de las serenatas, de la armónica que se le cayó bajando el jorado y que retrocediendo por la pendiente de jable encontró Juan Pedro. En fin...

En El Hierro, cuando troceamos la isla con la memoria y la ponemos al día, si así lo hacemos es porque la isla está ahí, se lleva dentro y desde la distancia seguimos en ella haciendo fuerte la leyenda de la salida del túnel de Temijiraque de aquel que escudriña el horizonte: "Te esperaré siempre".

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