UNOS DICEN que es por la crisis y otros por esa tendencia del español a convertir en exabrupto cualquier debate. Sea como sea, la violencia verbal, y no tan verbal, está a la orden del día. Es una especie de riada que asola todo lo que se le pone por delante, alterando la convivencia de los pacíficos, haciéndonos temer el hasta "dónde" podrían llegar algunos si se les dejara y pudieran. Proliferan las mentes calenturientas y abundan personajes casposos y agresivos, gente cargada de grandes dosis de violencia interior palpitándoles a nivel de la piel, como si de un volcán a punto de erupcionar se tratara. Se ha generalizado de tal manera esta forma de comportarse que ya no se distingue el culto del inculto, o mejor dicho, el educado de su contrario, pues insisto una vez más que las palabras cultura y educación no son sinónimas.
Pese a tanta legislación que ampara el derecho al honor, las miserias de la sociedad española están encontrando en algunos medios de comunicación un terreno baldío que sembrar de agresividad. Reina el griterío, no se cuida el lenguaje, existe en la prensa digital el libelo cibernético amparado en la cobardía del anonimato, plagando de insultos al más respetable, y las comadres y comadrejas, agazapadas bajo el paraguas del "presunto" lanzan bulos a diestro y siniestro con tal de ganar audiencia. Y de esto no se libra nadie, pues hasta los más importantes periódicos del país dedican un considerable espacio -junto a la sección de cultura que siempre va en las últimas páginas- a hacerse eco de las noticias teñidas de rosa. Este denostado color ha pasado de contar los andares de los vástagos de las Casas Reales europeas a relatar: en primera persona; por lo que cuenta una amiga; por lo que oyó el servicio; por lo que intuye la de la tienda; por lo que supone la suegra; y por el otro aludido que jura y perjura que nada pasó, con qué marca de vodka se emborracha el sujeto en cuestión. Y lo triste es que media España está pendiente de saber quién dice la verdad, llenando de desmentidos, exclusivas, pruebas, querellas y demás zarandajas las horas de la programación. Malo, muy malo, tanto que da la impresión que se están lanzando botes de humo para distraer la atención del ciudadano de a pie, impidiendo que este perciba el deterioro generalizado del país y en cuya geografía abunda la violencia de género, las acusaciones de soborno, prevaricación y corrupción; el incremento del paro; el descenso de la natalidad; la falta de formación académica; el aumento del consumo de sustancias perniciosas para la salud física y mental, y una poliédrica crisis que está reavivando la lacra del hambre.
Es lamentable que muchos periodistas de raza y profesionales de prestigio se vean desplazados por los pseudofamosos que alguien dio en elevar a la categoría de tertulianos, redimiéndolos de su pasado borrascoso o de su paso por el reality de moda, alcanzando fama por su vulgaridad, por su lengua desatada, por la exhibición procaz de sus intimidades o por la soberbia suicida con la que están emitiendo últimamente sus opiniones sobre asuntos de Estado. Se atreven con todos los palos: desde lo que debe hacerse con los piratas somalíes a cómo deben responder jueces y fiscales ante la desviación de activos por los poderosos. Estas personas no están legitimadas para sentar cátedra sobre este tipo de informaciones y mucho menos para hacer valoraciones de las mismas, pero estamos en el país del "todo vale" y con tal de ganar a la audiencia de barra de bar o de peluquería de barrio, siempre con el debido respeto al bar y al barrio, se les permite todo.
Patética la postura de nuestros dirigentes nacionales. Patético el rubricar con el silencio los comportamientos y actitudes con las que estos osados despachan sus miserias. Patético el que los ministros de cultura, educación, justicia e igualdad no tomen cartas en el asunto, poniendo vallas a tantos desmanes, evitando legitimar por la costumbre este peligroso síntoma -convertido ya en epidemia-, de la diarrea verbal y las blasfemias en arameo de tanto desaprensivo enchufado en los medios de comunicación. Cabría pensar, con todos los respetos por representar a la Administración del Estado, que entran en el mismo juego o que no están en posición de exigir nada, sobre todo si observamos cómo despachan algunos sus diferencias ideológicas, lo que a todas luces les deslegitima para exigir a los imperios de la comunicación que muestren una actitud responsable para con la ciudadanía.
Antes de que sea demasiado tarde hay que evitar que se consoliden estas pautas de conducta, crear y autorizar con el silencio estos peligrosos precedentes, haciendo valer las garantías legales de los españoles y cumpliendo, en resumen, con el trabajo para el cual se le paga a los miembros del Gobierno: mandar con autoridad, guiar, dirigir y regir los destinos de la nación.
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