DESPUéS de no tener noticias de él desde hace años, en el número del viernes último de este periódico encuentro un artículo del periodista Luis del Val, el cual sigue en excelente forma, con su singular sentido del humor y el acierto en los temas que trata. Luis del Val ocupaba un cargo relevante en la dirección de Radio Juventud en Madrid, que luego pasó a nombrarse con el mentecatesco y significativo nombre de nada de Radiocadena Española, producto de la escasa materia gris que entonces poseían los dirigentes godos de esa cadena radiofónica que formaban las estaciones-escuela del Frente de Juventudes, que fueron una auténtica revelación en la década de los 50 y sucesivas, en la radiodifusión de España. Más tarde esas emisoras se integraron en Radio Nacional de España y puedo decir que perdieron su personalidad al diluirse en la radio pública.
Yo, entonces, tras ocupar la jefatura de Programas de Radio Juventud de Canarias, asumía la Jefatura de Informativos y, como tal, fui convocado a una reunión en Madrid en la que participaba, junto al director y otros cargos nacionales de la cadena, la jefa de Informativos de la misma, María Teresa Campos, quien después fue una de las más destacadas figuras de Televisión Española, y lo sigue siendo. Recuerdo, de ese encuentro, que Luis del Val, que era un poco "salido", se pasó el almuerzo en el que nos reunimos "atacándole", que dicen en El Toscal a los intentos de ligue o conquista, a María Teresa, que entonces estaba de muy buen ver.
Después de aquel encuentro, pocas veces he visto publicados artículos del recordado colega, siempre de la misma factura, pero no he vuelto a ver al compañero ni sé si sigue en tareas radiofónicas o se marchó a la prensa. En el comentario que publica EL DÍA, Luis se refiere, bajo el título de "Cuerpos y almas", a la apropiación, por parte del Estado, de la libertad de los cuerpos de los ciudadanos, a los que le exige ponerse cinturores de seguridad en los coches, silla de astronauta para el cuerpo de ocho años de un niño, prohibirle echar el humo de los cigarros y obliga a evitarlo; y lo obliga, por orden del Ministerio de Sanidad, a ponerse la vacuna de la gripe A, porque la demanda es floja y la frustración evidente a la vista de la provisión de treinta millones de dosis.
Dice el colega que en Francia no ocurre lo mismo. Allí, los médicos vacunan a uno de cada diez ciudadanos y si la gente no se quiere vacunar, a nadie se le llama irresponsable por eso. Y dice el compañero que teme que aparezca, de madrugada, a su casa una pareja de la Guardia Civil y lo detengan para conducirlo a una clínica para ponerle la vacuna. O sea, que en este país, de libertad personal, nada de nada.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD