AL HOSPITAL del Generalísimo Franco, ubicado en Madrid, en el barrio de Argüelles-Moncloa, que ocupa toda una gran manzana -calles de Isaac Peral, Joaquín María López, Donoso Cortés, e Hilarión Eslava-, cerrado desde la etapa de Aznar-Trillo, y Dr. Ortiz, le ha llegado la hora de su piqueta. En principio, no para su demolición, como ocurrió con el Hospital del Aire, en la calle de Arturo Soria -un auténtico "bombón" de la sanidad militar española-.
De momento, se está trabajando para modificar las estructuras internas. Se ha empezado por la parte que era de rehabilitación, capilla -muy acogedora, y cuidada por las religiosas de la Caridad-, y lo que era el Instituto de Medicina preventiva, de Investigación y de Análisis, es decir, el lado de las calles de Isaac Peral y Donoso Cortés.
Este hospital tiene una peculiar historia, que es relatada en mi obra "La Milicia Universitaria. Alféreces para la Paz". El "Gómez Ulla" era el hospital central, que ha tenido grandes transformaciones y que se mantiene actualmente en colaboración con la Seguridad Social. Al terminar la Guerra Civil, al Ejército del Aire se le asignó el convento de la calle de Princesa, al que ya se le había adscrito la iglesia del Buen Suceso. En principio, regida por monseñor Bulart, que había acompañado a Franco en su paso a África, y el que le informó de que la Virgen del Pilar, en Zaragoza, de momento, no estaba ocupada por los republicanos; lo mismo ocurría con la ciudad de los Sagrados Corporales, de Daroca (Zaragoza), a los que Franco adoraría en "secreto" al despedirse de la Academia General. (Además, allí estaba uno de los observatorios meteorológicos más antiguos -se han celebrado en estos días de 2009, sus noventa años, dentro del torreón del colegio de los PP. Escolapios, y que dirigía el P. Juan Carrato, y que prestó eficaces servicios a los efectos bélicos).
El general Franco, a partir del disparo fortuito de un arma, pudo, por experiencia directa, comprobar, por un lado, la calidad de los médicos del Hospital del Aire que lo asistieron -el traumatólogo Garayzábal, o los doctores Álvarez-Sala, Picatoste, Peyró, etc.- y, de otro, las limitaciones funcionales del hospital. (Las esposa del jefe del Estado estuvo en una habitación adyacente sin cuarto de baño).
La tibieza de Franco respecto al arma de Aviación acaso pudiera explicarse por la distancia, no sólo ideológica sino personal, con su hermano Ramón (Zabala ha publicado recientemente la obra "Franco el republicano"), quien realizó el vuelo transatlántico, con el capitán Ruiz de Alda, joseantoniano, y el mecánico Rada, uno de los promotores de la quema de conventos en 1931. El comandante Franco llegaría a ser jefe de la Aviación en la II República, y diputado por la izquierda. Le sorprendió la Guerra Civil en Estados Unidos como agregado militar, pero al comenzar se puso a las órdenes de su hermano, que lo nombró jefe de la Aviación de Mallorca, falleciendo al estrellarse en el mar su avión en un bombardeo a Valencia. A partir de la estancia paciente en el Hospital del Aire, es cuando Franco accede a la construcción del nuevo Hospital del Aire, en la calle de Arturo Soria, de Madrid.
Ese signo de preferencias sanitarias militares, con su experiencia en la Guerra de África y la Revolución de Asturias, es la que le llevó a Franco a promover el hospital , que se llamaría del "Generalísmo Franco".
El centro médico del Generalísimo fue planteado como una de esas joyas hospitalarias que las Fuerzas Armadas norteamericanas, inglesas o francesas disponen como núcleos sanitarios de investigación científica y de especialidad. El profesional del Ejército de Tierra, Mar o Aire debe sentirse seguro de su tratamiento médico y salud, y no sólo en traumatología, neumología, cardiología, oftalmología, urología, etc., sino en su conjunto. Eissenhower y otros diferentes jefes de Estado fueron asistidos en este tipo de centros. (Como lo fuera el suegro de Felipe González, en el Hospital Militar de Sevilla, de cuyo cuadro médico formaba parte).
El personal médico se seleccionó y especializó. Y la endocrinología tuvo, por ejemplo, en el Dr. Flores Tascón a uno de sus más destacados titulares. Allí fueron atendidos, entre otros, los generales Muñoz Grandes, Álvarez Arenas y el auditor Navarro Rubio, el cual tuvo que abandonar por el cierre.
En estos veinte años de abandono se rumoreaba sobre una enajenación especulativa. Debiendo existir dificultades en torno a la titulación registral, ya que buena parte del solar procedía de donaciones patrióticas, o de expropiaciones, de cesiones urbanísticas. En esa denominada "desamortización patrimonial" que el Ejército, sofisticadamente, ha sido objeto, el Hospital del Generalísmo Franco parece que no se cierra. La reestructuración -según se dice- será para dependencias militares, burocráticas, en diferentes lugares.
El nombre que lucía en sus dos magnas entradas sobrevivió hasta la época de la "memoria histórica". Para que no se altere su recalificación urbanística, de momento, las cuatro espléndidas fachadas se mantendrán. La "historia" interior -los enfermos, los médicos, las familias, los soldados que allí prestaron su servicio militar, las religiosas- quedará en la intimidad de cada cual. Pero, sobre todo, en un servicio sanitario militar que tan "alegremente" se perdió para el futuro de los Ejércitos. Mi recuerdo y gratitud a quienes pasaron por allí.
* Académico
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