DOLOR. Con su pequeña cuesta arriba cada vez que se produce el desamor. Uno, dos, tres. Te veo subiendo los escalones que no conducen a nada. O eso crees, que al final es lo importante. Aunque al final llegarás a alguna parte. Dalo por seguro. Miras a tu alrededor y sólo ves el desierto, la arena inerte que no logra arrancarte una sola sonrisa. Te imagino. Las noches de insomnio pensando en qué pudiste equivocarte, la soledad de las mañanas, los amaneceres sin abrazo. Los besos que no diste. Las apuestas que, crees, han fallado. A dónde va lo común, lo de todos los días, que se preguntaba Silvio Rodríguez cuando se encontraba tan perdido que apenas lograba entender. Supongo que tratas de enterrarlo en esa arena de la que hablaba antes. La inerte.
Entender que todo se pasa. Que el dolor de hoy no es sino el reflejo de la alegría de ayer. Que el futuro no tiene nombre, pero que lo tendrá en algún momento, cuando menos lo esperes. Que las lágrimas de hoy son sólo un primer paso para el mañana. Aunque esto apenas te dé consuelo. Porque así es el dolor. Indomable. Impredecible. Y deja un cerco imborrable, con el que sólo tú sabrás lidiar en el futuro. Así es. Qué te voy a contar, si es un camino que todos hemos transitado en alguna ocasión. El desencanto, la desilusión.
En estas ocasiones siempre me acuerdo del poeta Pedro Salinas, quien curiosamente pedía al dolor que no le abanonara porque era su última forma de amar. Podrías pensar que Salinas era masoquista sin serlo. Pero en realidad es la reivindicación de sufrir por quien ha sido amado. La última forma de amar. De estar seguro de que no te lo inventaste, de que existió y de que te amó. Y de que, según decía el poeta, "aún la estoy queriendo".
*Jefe de Sección de EL DÍA
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD