SÍ, PODRÍA haber elegido otro adjetivo para el título de este artículo porque "bueno" resulta algo manido. En efecto, por diversos motivos y circunstancias, el adjetivo en cuestión ha sido empleado repetidas veces en las colaboraciones de muchos comentaristas, sin duda alguna merecidísimo para las personas que los han firmado pensando en un determinado miembro de nuestra sociedad. Se me ha ocurrido mirar en Windows los sinónimos de "bueno" y apunta veinticuatro: humano, cándido, provechoso, afable, justo, sano, excelente, caritativo, compasivo, piadoso, bienhechor, misericordioso, clemente, sensible, desprendido, generoso, sacrificado, benévolo, benigno, bondadoso, indulgente, comprensivo, virtuoso y honesto. Pero creo que a los grandes hombres les van mejor las palabras sencillas, las que utiliza el pueblo llano, no las que escogen los escritores para presumir de conocimientos lingüísticos o los oradores para demostrar elocuencia. Por eso prefiero decir, simplemente, "un hombre bueno", porque es esta última palabra la que mejor le va al padre Fernando, capellán del hospital San Juan de Dios, que el pasado 15 de noviembre celebró en la capilla que él tanto ama sus bodas de oro de profesión religiosa y las de plata de su ordenación sacerdotal. Como se puede ver, toda una vida ayudando a los demás... y sin pedir nada a cambio.
Sería imposible saber con cuántos enfermos ha hablado el padre Fernando durante los veinticinco años que ha estado al frente de su capellanía. Sin embargo, por elevada que fuese esa cifra sería irrisoria si la comparásemos con la de quienes han acompañado en momentos tan duros a dichos enfermos. Los familiares y amigos de los dolientes, con el ánimo y el vigor que el padre Fernando pone en sus palabras cuando habla de la misericordia de Dios, han visto reforzada su fe y esperanza en una vida mejor. Y los que, por razones que ahora no vienen al caso, carecen de esas dos virtudes, es posible que por primera vez en su vida hayan sentido en lo más profundo de sus almas cierta desazón, una ligera intranquilidad, al preguntarse cómo es posible que en este mundo tan materializado existan personas como el padre Fernando, tan humano, cándido, etc., como indican los sinónimos mencionados.
Lo curioso del caso es que en nuestra isla hay muchos padres Fernando -no sólo en nuestra isla sino en cualquier lugar del mundo-, pues aunque nos cueste creerlo hay infinidad de personas que dedican su vida a ayudar a los demás. Limitándonos a nuestro entorno, ¿no resulta admirable la labor que realizan los sacerdotes en sus parroquias, o las monjas en hospitales y asilos? Tratan todos ellos con enfermos, indigentes, huérfanos, etc., gente, en definitiva, de la que nosotros en cierta medida huimos porque 'ya tenemos bastante con nuestras penas'. Si eso es de por sí más que meritorio, hay que reconocer no obstante que gran número de ellos cambian su destino, tienen la oportunidad de conocer nuevos lugares o trabar conocimiento con otras personas -lo cual hace su labor más llevadera-, pero no es ese el caso del padre Fernando: lleva con nosotros veinticinco años y no piensa dejarnos hasta que Él lo llame para premiar su labor.
No había más que ver la iglesia el pasado día 15. Llena de fieles, ocupada incluso la parte alta, oficiando con él la santa misa varios sacerdotes, lo que a mí más me impresionó fue los muchos antiguos pacientes de la clínica que quisieron estar en el acto y testimoniar de ese modo su cariño hacia el querido sacerdote, que hoy, a sus 88 años, continúa visitando a "sus enfermos" con el mismo entusiasmo que siempre ha guiado sus pasos; aunque ahora se vea obligado a utilizar la insignificante ayuda de un bastón que, a mí así me lo parece, más es un complemento que realza su personalidad que un alivio para poder desplazarse mejor.
Creería uno que con todo lo hecho sería más que suficiente para sentirse satisfecho, mas no es el caso del padre Fernando. Desde el mes de febrero de 1986 viene colaborando semanalmente en este periódico con un artículo de opinión que es materialmente 'devorado' por sus incondicionales lectores. Son artículos que, sí, tratan temas que tienen mucho que ver con el Evangelio, el Papado, las relaciones Iglesia-Estado, etc., sólo que el padre Fernando les imprime un sello especial, muy personal, con opiniones que nos llegan a lo más profundo de nuestro corazón. Su parecer sobre el comportamiento del ser humano, sea creyente, agnóstico o de cualquier raza, entraña una filosofía ante la vida que a todos nos gustaría suscribir. El divorcio, el libertinaje sexual, el aborto o mil cosas más no son temas exclusivamente religiosos sino que están íntimamente vinculados a nuestra condición humana, y él los aborda con esa sabiduría espiritual que antes mencionaba. Los libros que ha publicado, siete u ocho, dan cuenta de esa labor y debería uno tenerlos en la mesilla de noche para consultarlos cuando haya menester.
Vaya desde aquí mi más calurosa felicitación al padre Fernando por la extraordinaria labor que ha desarrollado a lo largo de estos años, esperando que los achaques que ahora sufre debido a la edad no le impidan seguir muchos más con sus enfermos y la sociedad tinerfeña, que le estima y considera como él se merece.
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