EL MUNDO no anda muy claro en lo que una democracia significa, y por supuesto, mucho menos en cómo defenderla. El ejemplo más claro lo tenemos en todo el continente americano. Somos el espejo de la Europa que nos conquistó; estamos viviendo y sufriendo los males que los aquejaron históricamente. Desde el más absoluto desprecio por las clases más desposeídas (con el consiguiente sentimiento de poder de quienes ostentan niveles altos dentro de las diferentes sociedades), hasta el llegar a aceptar a quienes en nombre de la justicia social lleguen a convertirse en verdaderos tiranos.
Desde Canadá, que ni huele ni hiede dentro del concierto de las naciones americanas, hasta Chile (el país más estable de Centro y Suramérica), pasando por Hugo Chávez, megalómano héroe de la revolución trasnochada de las viejas izquierdas europeas y balcánicas, Fidel Castro Rus, quien hoy por hoy alza estruendosamente su voz en nombre de las violaciones a las normas de la convivencia democrática sin sentir el más mínimo atisbo de vergüenza por lo que ha hecho durante 50 y tantos años a una empobrecida y demacrada Cuba, Evo Morales, indigenista que tiene un gran mérito, pero se ha desprestigiado por convertirse en uno de los más grandes vividores de la petrodiplomacia revolucionaria bolivariana, Lula Da Silva, con su deseo de convertir a Brasil en "o país más grande do mundo", y por supuesto, una llamada a la esperanza, Barack Obama, que aparenta ser quien sembrará la cordura en sus hermanos menores, pero sin dejar de ser un adolescente más dentro de nuestro concierto particular, no se puede dejar de nombrar la caricaturesca escenita montada por uno de los hermanitos más chicos, Honduras, que, en un arrebato de dignidad, pero muy pasionalmente, intentó solucionar lo que se preveía iba a convertirse en otra de las neodictaduras legalizadas constitucionalmente. El continente está viviendo y sufriendo el proceso de crecer, y por eso el desorden, al igual que un adolescente siente la ebullición de las hormonas, la carga de las responsabilidades, las delicias de los placeres y las tentaciones de los vicios, el novel continente americano está próximo a descubrir, al igual que una Europa ya madura, que, pese a las diferencias, es capaz de enfrentarse a sí misma y resolver de forma satisfactoria todos sus problemas.
Este desordenado adolescente llamado América va a sentir el dolor de equivocarse de camino, de tener que tomar decisiones que enfrentarán hermanos contra hermanos, de tener que aceptar los errores cometidos, de saber que dentro de ella existen algunos indeseables con los que se tiene que convivir y aceptar, y de este proceso surgirá una América madura como Europa, pues la influencia del pensamiento occidental es la que pesa. El deseo de superación, de participación, de figurar dentro del concierto internacional, producirá un continente de verdad maduro. Aprenderemos a convivir, a ayudarnos, a ser responsables, a ser maduros y a no dejarnos llevar por cada impulso de diversión, placer o madurez. Se analizará rápidamente y con sensatez cada decisión, y aunque se vuelvan a cometer errores (al igual que en Europa lo hacen Berlusconi, Merkel o Brown y cualquiera de los líderes de cada pedacito de Europa), podremos civilizadamente evolucionar y situarnos con orgullo en el rol que nos corresponda dentro del mundo en ese momento.
Cuál será nuestra Alemania y quién nuestro Hitler no lo sé (lo sospecho); quién será Inglaterra, España, Francia, Hungría, etc., no lo sé; quiénes serán los judíos, tampoco lo sé, pero de qué vamos a crecer lo vamos a hacer, y por lo visto de una forma tan cruda y dolorosa como lo hizo nuestro hermano mayor: Europa, pues heredamos de ella los genes. No nos conquistaron los chinos, ni los rusos, ni los hindúes, nos conquistó Europa y de ellos son los glóbulos rojos y blancos, las plaquetas y el plasma que corre por las venas del pensamiento de quienes conformamos esas sociedades, por supuesto sin dejar de lado esa vena indígena, piel roja, maya, azteca, tolteca, yanomami, etc.
Podría hablarse de lo extraño del momento que vive América, pero no es nada nuevo. Desde los imperios fenicio, egipcio, romano, chino, ruso, etc., han pasado las mismas situaciones. Ahora nos toca a nosotros crecer y vivir nuestro desorden americano. Sólo espero contar con la experiencia de quienes ya vivieron ese proceso y así hacerlo lo menos traumático posible, porque, como en una familia, si no se orienta bien a los adolescentes el resultado del paso de la juventud a la madurez puede convertir a ese joven en un Ted Bundy o un Adolfo Hitler.
Este es mi grito de auxilio desde el exilio a las naciones más experimentadas, que ya han vivido los horrores del crecer solos sin que nadie les enseñara nada.
* Capitán de la Guardia Nacional
venezolana en la reserva
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