ALGUNAS situaciones son cómicas. En realidad no lo son porque llevan implícitas tragedias personales. No obstante, sin esta nada desdeñable componente luctuosa, invita a partirse de risa la visión de la izquierda andante y la progresía al uso cargando contra Moratinos por el caso de la activista saharaui Aminatu Haidar, a quien las autoridades marroquíes le impiden la entrada en El Aaiún. Critican "los avanzados" al ministro español de Asuntos Exteriores y, por extensión, a todo el Gobierno de Zapatero, porque Madrid se ha desentendido de Haidar. Bueno, desentendido sólo, no; el propio Moratinos declaró hace un par de días que Marruecos tiene perfecto derecho a impedir que esta señora entre en ese país, ya sea por El Aaiún o por cualquier otro punto. Hasta feo estaría que Moratinos se enfrentase a la Administración del Reino alauita. ¿Le seguirían permitiendo entonces que pasara fines de semana en Mogador?
Lo más cómico del caso -tragedias personales aparte, insisto en ello- es que la misma progresía que hoy ataca a Zapatero y su ministro de Exteriores arremetió en su momento contra Aznar por tensar las relaciones con Marruecos y favorecer, en consecuencia, los intereses del Polisario. Siempre tuve la sensación de que para el PP de Aznar los refugiados de Tinduf quedaban demasiado lejos; se acordaban de ellos sólo porque al vecino del Sur había que fastidiarlo. De igual forma, no existe ninguna razón objetiva para que el Ejecutivo de Zapatero se haya echado en los brazos de Mohamed VI desde el primer día de su primera legislatura, aun a sabiendas de que tal gesto influiría poco en el sempiterno conflicto entre España y Marruecos: Ceuta y Melilla. La visita del Rey Juan Carlos a ambas ciudades causó un gran enfado en Rabat, pues supuso nada menos que la llamada a consultas del embajador magrebí en Madrid.
Lo fundamental de esta nueva crisis es que una vez más el Gobierno español no acierta a salir de un embrollo internacional en el que él mismo se ha metido. Sabe Moratinos, y en eso sí atina el ministro de Exteriores, que una República Árabe Saharaui Democrática es inviable como país independiente. Lo es ante todo por una cuestión demográfica, pues 80.000 personas no pueden hacerse cargo de un territorio como el Sáhara Occidental; los saharauis no podrían ni controlar sus fronteras. Esta dificultad, sin embargo, podrían superarla con mucho esfuerzo y mucha ayuda internacional; sobre todo mucha ayuda internacional. Asunto distinto es que Estados Unidos esté dispuesto a disgustar a su aliado en la zona privándolo de un territorio que considera suyo y, además, a permitir la existencia de un país a la larga controlable por cualquiera en una zona complicada. Una provincia marroquí con cierta autonomía, tal vez; una RASD como quiere el Polisario, probablemente jamás. Un Polisario, por añadidura, sumido aún en los esquemas de la guerra fría o la política de bloques, cuando la Unión Soviética apoyaba a Argelia en detrimento del gendarme de Washington en la región. Algunos no se han enterado de que el muro de Berlín, y con él la URSS, cayeron hace veinte años. Lo peor de esa ignorancia a propósito es que miles de personas siguen malviviendo en un desierto infernal.
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