DESDE CHIQUITOS estamos condenados a los planes. A formar parte de un plan. O de cientos. Salvo "accidente", muchos humanitos vienen de un plan preconcebido. Sus papás les abren luego un plan en el banco.
Saben ustedes que cuando una situación -o coyuntura- empieza a renquear, pues saltan los teóricos y manifiestan, pies juntillas, que hay que seguir este plan para reavivar aquello y lo otro (economía, sanidad, tasa de natalidad, guarderías, las ranas de los Andes?). No crean no, nadie se salva. Si Ferrari no da rueda con bola, se marca un plan. Se ficha a Alonso, se coloca un "fuuler" al prototipo (eso es ficción mía) y a correr.
Es más, creo ardorosamente que los planes son los mejores placebos que existen. Que estás "escachuflado", pues te hacen un plan a medida para que te animes. A los pequeñitos, que no tienen ni idea, más planes, porque como chupan poco, cuando ya están talluditos cobran por haber chupado del bote a base de bien. Recuerdo al "abuelo de Chencho" en la película dedicada al Plan Marshall. La comitiva pasó, zas, visto y no visto, blanco y negro. Eso es lo que tienen muchos planes, que son efímeros porque llevan implícito un claro componente de euforia inicial.
Al margen de la moda de los planes de jubilación, hay planes que dejan entrever un empaque de pompa y boato: Plan E, Plan Bolonia, Plan Canarias. A saber cuánto se cumple. En lo personal, todos guardamos planes secretos (viaje de ida a Nueva Zelanda), que están tan planeados que salen horribles, mientras que hay acciones espontáneas que salen mejor que con el plan más infalible.
Planes, planes. Todos, en realidad, para dejarnos planos. Pasamos la vida planeando. Otra cosa es, ustedes me entienden, cuando nos ha salido un plan.
*Jefe de sección de EL DÍA
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