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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Negar la comunión

13/nov/09 07:26
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MAL ANDARÍAMOS si le negásemos a una institución, sea del tipo que sea, la potestad de establecer normas de obligado cumplimiento para quienes, de forma voluntaria, decidan pertenecer a ella. Dicho sea lo anterior como prolegómeno a comentar la decisión de los obispos de negarle la comunión a quienes apoyen el proyecto de nueva ley del aborto.

El asunto, como tantos, es redundante. No porque todos los días -ni siquiera todos los años; hasta ahí podíamos llegar- salga a la luz una legislación de este tipo, sino porque hoy es el aborto, ayer fue el matrimonio homosexual, anteayer el uso del preservativo -la prohibición de su uso, para ser precisos, desde la perspectiva de la Iglesia católica- y la semana pasada ya no recuerdo qué. Hubo un tiempo, absurdo sería negarlo, en que oponerse a la Iglesia resultaba poco recomendable; en el peor de los casos al infiel en cuestión lo chamuscaban en una plaza pública. Y si escapaba del castigo capital, daba con sus huesos en una mazmorra por tiempo indefinido. Todo ello tras un previo alargamiento óseo en el potro de tortura, o en cualquier otro aparato similar capaz de aplicar parecidos tratamientos corporales conducentes a salvar su alma. Tiempos pasados, afortunadamente, al menos en lo que se refiere al catolicismo. No ocurre lo mismo con otras creencias, seamos sinceros, si bien en ese tema no voy a entrar hoy.

La única realidad sensata es que la Iglesia tiene perfecto derecho a rechazar el matrimonio entre gente avanzada, el uso del condón -en realidad va más allá, pues prohíbe cualquier relación sexual fuera del matrimonio- y, por supuesto, el aborto. Y si alguien quiere hacerle un corte de mangas al Vaticano o, salvando las distancias, a la Conferencia Episcopal Española, posee plena libertad para obrar así. No lo van a quemar en una pira, ni a pasarle un cepillo con púas de alambre sobre la piel para limpiarle su pecadora carne de las humanas impurezas; ni siquiera va a sufrir el martirio psicológico de la exclusión social, pues hoy estar excomulgado no afrenta a nadie. Para algunos incluso es motivo de honra.

Lo absurdo es querer que la Curia entre por el aro que sostienen los progres como si los purpurados fuesen monos de circo; tan absurdo como reclamar, de nuevo salvando las distancias, que el Club Náutico o el Casino de los Caballeros deroguen tal o cual norma sin ni siquiera ser socio de cualquiera de ambas sociedades. Absurdo y baldío, esencialmente porque la Iglesia no va a cambiar. Ni falta que le hace. Como organización terrenal -en su aspecto divino no entro- ha sobrevivido a reinos e imperios durante dos mil años, y no parece que vaya a tener problemas de subsistencia en los dos o tres próximos siglos -o acaso milenios-, habida cuenta de que ha pasado por situaciones bastante peores.

Eso sí, puestos a negar la comunión, deberían los obispos dar el paso al límite de la conciencia absoluta e impedir, igualmente, que reciban la hostia consagrada tantos hipócritas que se dan golpes de pecho en los templos cada domingo, pero que durante la semana mienten, estafan al erario, menosprecian a sus semejantes, abusan de sus subordinados, traicionan a sus amigos y tergiversan los hechos cuando les conviene. Y que me perdonen los obispos por entrometerme en sus asuntos.

rpeyt@yahoo.es

 

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