LA IMPORTANCIA de la gestión universitaria es tema de debate estos días en la ULL, tras la reciente aprobación por el Consejo de Gobierno de un plan de apoyo a este aspecto de la actividad del profesorado. El plan consta de dos partes: por un lado, se crean tres nuevos vicerrectorados; por otro, el plan recoge una serie de reducciones docentes para los cargos de gestión de los centros y los directores de departamento. No entraré a juzgar aquí lo acertado de la primera parte, pero sí me querría explicar, desde el punto de vista de un director de centro, el sentido de la segunda parte. Porque hablar de reducciones docentes para la gestión podría malinterpretarse desde fuera como una forma de trabajar menos. Y, créanme, no se trata de eso en absoluto.
Me gustaría empezar recordando a La Rochefoucauld: "No es suficiente con tener grandes cualidades: hay que saber administrarlas". Si aceptamos esta premisa, habrá que concluir también que los recursos económicos que la sociedad destina a las universidades públicas llevan aparejada la obligación de una gestión eficaz. Descuidar esa gestión podría llegar, pues, a ser tan grave como no dar clase o no investigar.
Otra cuestión de relevancia es que, hace solamente un lustro, los planes de estudios venían dados por el ministerio, la evaluación de la calidad de las titulaciones era algo voluntario, y, una vez que la titulación se implantaba, era impensable eliminarla. Sin embrago, hoy cada centro debe definir todos los aspectos de sus titulaciones, las cuales, además, deben superar periódicamente exigentes evaluaciones externas de la calidad si quieren sobrevivir. Que todo esto salga bien es ahora responsabilidad de las direcciones de los centros. Con el apoyo, sí, de los departamentos y los servicios centrales de la universidad, pero dentro de la misma jornada laboral que antaño.
No hay que olvidar tampoco el impacto que sobre la imagen de la Universidad -cada vez más importante en un entorno competitivo- puede tener la mala gestión. Las colas ante la secretaría de un centro -a veces inevitables- pueden llegar a concitar la atención periodística. Pero un artículo de investigación rechazado porque el investigador no tiene los medios suficientes para mejorar su experimento raramente interesará más que al propio damnificado.
Y con todo, el propio sistema universitario no valora adecuadamente la gestión. Por poner un ejemplo, el RD 1312/2007, de 5 de octubre, establece que, para poder acceder a una cátedra, la labor de gestión de toda una vida permite obtener un máximo de 10 puntos sobre 100 (la investigación pesa 55 y la docencia, 45). Como la puntuación mínima a alcanzar es de 80 puntos, alguien que jamás haya gestionado ni su propio despacho puede ser catedrático sin problemas, pero si se descuida la investigación o la docencia por la gestión, no habrá manera de promocionar.
¿Qué incentivo existe, pues, hoy en día para dedicarse a la gestión en la Universidad? De lo expuesto hasta aquí, parece claro que muy poco. Por tanto, habrá que concluir que, lejos de ser una excusa para no trabajar, la reducción docente aprobada no solamente era necesaria, sino que, bien mirado, incluso se queda corta. Para empezar, los decanos y directores de centro no aumentamos la reducción que ya teníamos, porque la medida solo afecta al resto de los miembros de nuestros equipos de dirección. Pero es que en varios centros, ninguno de estos miembros podrá disfrutarla (el plan establece unos mínimos que no son fáciles de alcanzar), y en el resto, lo normal será que la reducción no supere el 12,5% de la dedicación docente (una hora a la semana). Dicho de otro modo, no es que la idea no sea buena (sinceramente creo que va en la dirección correcta). Es que, simplemente, no resulta suficiente para hacer que la gestión sea atractiva.
Y para demostrarlo, permítaseme aportar un último dato: ahora mismo, cuatro centros de la ULL están eligiendo a sus decanos o directores para los próximos años. En dos de ellos ha habido un único candidato (de entre más de 150 profesores que podrían optar al puesto), y en ningún caso se trataba del director o directora saliente (a quien, por cierto, nada impedía volver a presentarse). En los otros dos -uno de ellos celebra incluso elecciones anticipadas-, tampoco nadie quiere repetir, y ni siquiera es seguro que alguien vaya a presentarse. Como contraste, les propongo un ejemplo: ¿conocen algún municipio en el que nadie quiera ser alcalde y sea necesario convencer a alguien para que se presente?
Así que ya ven: si retomamos ahora la reflexión inicial sobre la identificación de "menos clase" con "menos trabajo" para los gestores, entenderemos sin duda aquella frase de Oscar Wilde "la verdad pura y simple rara vez es pura, y desde luego, nunca es simple". En otras palabras, que la gestión en la Universidad es cada vez más importante, pero, con reducción docente y todo, dista mucho de ser un chollo para el profesorado.
* Director de la ETS de Ingeniería Civil e Industrial, ULL
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