"DESPUÉS de mí, las instituciones". Dicho de otra forma, "después de Franco, las instituciones". Lo comentábamos el pasado sábado. Hoy volvemos sobre lo mismo: después de 2010, el pueblo. El pueblo que ya estará más desengañado de la prisión en que lo han encerrado desde hace seis siglos. Un chasco que cunde con mucha más fuerza no entre los viejos, los que ya vamos a morir, sino en los jóvenes a los que les queda mucha vida por delante y quieren disfrutarla en libertad. Esa juventud manifiesta hoy su descontento con la ignominiosa situación colonial mediante gritos en la calle; mañana lo hará con sus votos en las urnas. Gritos y manifestaciones públicas, pero nunca violencia, pues es una juventud que mira a Gandhi. El hombre que derrotó a un poderosísimo imperio británico con su pacifismo. El hombre que estaba dispuesto a morir por sus ideas, pero no a matar por sus ideas. Una juventud que también admira a un Nelson Mandela. A un Amílcar Cabral, líder de la independencia de Cabo Verde. Incluso al Che Guevara y a su jefe -¿quién mandaba más?- Fidel Castro. Un mandatario que se ha mantenido más que Franco, pues a nadie se le escapa que es Fidel, y no Raúl, quien de verdad sigue moviendo los hilos del poder en Cuba.
Que se convenzan los tímidos, los teóricos, los españolistas y los amantes de la españolidad: no vamos a seguir mucho más bajo el dominio del godo opresor. Del Pepe Blanco, del Pepe Luis Aznar, de ningún jefe peninsular, de ningún virrey que utiliza La Mareta para escarnecer a los canarios con su presencia y, al mismo tiempo, gastar el dinero de los españoles con las costosísimas vacaciones de él, de sus familiares, de sus asesores y de los familiares de sus asesores. Es decir, no vamos a seguir bajo el dominio de sinvergüenzas políticos. O la libertad, o la continuidad de la reivindicación pacífica.
Lamentamos que esto no lo entiendan los godos, los cuatro godos de siempre entre ellos, y algún que otro niñato del periodismo. De los cuatro godos parece que ya ha caído uno. ¿Cuál será el siguiente? Nos lo imaginamos, pero no queremos adelantar acontecimientos. Tan sólo pensamos que cierto diario ha salido de Guatemala para meterse en guatepeor. Los síntomas son preocupantes, máxime porque más pronto que tarde quienes siguen manteniendo esa ruinosa empresa se cansarán de hacerlo, o se les acabará el dinero. Lo decimos sin ánimo de entrar en interioridades de cuentas ajenas, pues sólo nos atenemos a las pérdidas reflejadas en el Registro Mercantil, que es un organismo público. Una empresa periodística es demasiado compleja para que puedan sacarla adelante personas procedentes del ámbito agrícola o de la construcción. Sectores imprescindibles para nuestra economía, pero zapatero a tus zapatos. Los resultados económicos, de tirada, de ventas y de difusión (somos el periódico más leído del Archipiélago) nos dan la razón a nosotros, no a ellos.
Ayer nos calificaba ese periódico -¿periódico?- de abyectos por atacar a una persona a la que nunca hemos mencionado despectivamente por su nombre -son ellos quienes lo hacen continuamente-, aunque nos han condenado por ello. En cambio, sigue pendiente una condena contra quien ha insultado y calumniado gravemente, con nombre, apellidos y todas las referencias posibles, a José Rodríguez, editor/director de EL DÍA. Ya nos veremos donde nos tenemos que ver, porque nosotros también sabemos ir a los juzgados.
Por cierto, puestos a hablar de lenguaje soez y de invadir la privacidad de las personas, le recomendamos al actual -y atrevido imberbe- director de ese diario que cuelgue el teléfono cinco minutos y busque en las hemerotecas que menciona, aunque un poco más atrás; lo suficiente para llegar a los primeros meses de 1979. Así podrá comprobar qué calificativos empleaba su periódico para designar al entonces director de EL DÍA. Lo apodaban "el sastrecillo valiente", en una burlesca y despiadada referencia al dignísimo oficio de su madre, que se mataba cosiendo de la mañana a la noche para sacar a su familia adelante. Fíjense ustedes cuánta caridad cristiana y cuánta ética periodística. Y a EL DÍA lo llamaban "El Daís" porque, en un típico "quiero pero no puedo", eran incapaces -y lo siguen siendo- de acercarse a nuestro éxito. Dejando a un lado un victimismo vergonzoso viniendo de quien viene, ciertamente hay cosas que comenzaron hace décadas; pero no en esta Casa.
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