WALTER Lippmann, internacionalmente conocido periodista norteamericano nacido en Nueva York en 1889 y fallecido en la misma ciudad 85 años después, escribió toneladas de artículos y libros a lo largo de su prolífica vida; algo así como diez millones de palabras, dicho sea como concesión a los que sienten afinidad por los grandes guarismos. Ya en su etapa universitaria se sintió atraído por el ideario de la izquierda, hasta el punto de presidir el Club Socialista de Harvard. Sin embargo, nunca militó en posturas extremas de ningún bando. Su único radicalismo fue el periodismo sustentado en la necesidad de mantener las distancias con los políticos; de no llegar a pensar jamás que un periodista puede sustituir a quienes toman las decisiones desde el Poder. Fruto de estas reflexiones, maduradas durante décadas de ejercicio profesional, fue un artículo publicado en 1967 cuando abandonó el periodismo activo, aunque mantuvo colaboraciones esporádicas con algunas publicaciones hasta 1971. En aquel artículo, famoso por su dramatismo, Lippmann renegaba brutalmente de los políticos, pues al final fue consciente de que casi siempre le habían dicho lo que él quería oír.
Francisco Pomares no es comparable con Lippmann. Esencialmente porque el neoyorquino era un consumado experto en política internacional y Pomares no tiene ni idea de lo que ocurre un kilómetro más allá de estos peñascos. Una diferencia de nivel que quedó meridianamente clara en su artículo "Bajarse de aquí", aparecido en La Provincia y La Opinión el viernes 6 de noviembre. Una explicación patéticamente patética de por qué abandona su columna tras veinte años aupado a ella. Por lo que sé no se ha bajado voluntariamente. Pero eso se los contará mañana con más detalles mi buen vecino y mejor colega Andrés Chaves.
El caso es que, quizá aun sin conocerlo, intentó Pomares emular la despedida de Lippmann pero no le salió. Ante todo porque eligió la figura de un personaje que no le va, cuan es San Simeón Estilita. Nombre al que él le quita el "san" porque los progres tienen prohibidos los preceptos de la Ley Canónica y don Francisco es un progre de pro. Aunque eso es circunstancial. Lo del personaje, no; no lo es porque se trata de un yerro lamentable para una pluma tan docta como la suya. A él le va más la figura de Diógenes de Sinope, más conocido como el cínico, si bien no seré yo quien interfiera en las particulares elecciones de ilustrísimos articulistas.
Lamento, eso sí, la pérdida de sus imaginativas columnas, si bien últimamente un tanto monocordes con perpetuos ataques a Paulino Rivero y a José Rodríguez. Con Rodríguez Ramírez ha empleado el acicalado Pomares todos los calificativos despectivos del diccionario, incluidos los de felón y tiparraco. "Un tiparraco que al final ha logrado emponzoñar el nombre y la trayectoria de uno de los grandes diarios tinerfeños", escribió el 20 de marzo de 2008, aunque nadie lo ha condenado todavía. ¿Será que los progres poseen patente de corso? De la misma forma, fue uno de los más entusiastas participantes en un programa de Televisión Española en el que se arrastró la figura del director de EL DÍA; un empresario de los que pagan impuestos para que exista un medio público como es Televisión Española, al que llamaron nazi, xenófobo y racista. Acusaciones que incurren, salvo que se puedan demostrar, en un presunto delito de calumnias, sin que tampoco nadie haya dicho nada hasta ahora. Ventajas añadidas de la patente de corso, supongo.
En fin; como no hay mal que por bien no venga, contará ahora el señor Pomares con tiempo suficiente para cultivar la amistad de su entrañable Leopoldo Fernández, al que califica como "uno de los periodistas más íntegros, honorables y competentes de Tenerife", en una inusual y enternecedora declaración de amor profesional. Sea como fuese, es tanta la congoja que me aflige por la pérdida de este irrepetible columnista, que llevo tres noches sin dormir como no dormía desde hace mucho tiempo.
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