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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

Otros muros

9/nov/09 07:09
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SE HA CELEBRADO con toda pompa y júbilo la caída del Muro de Berlín, acontecida el 9 de noviembre de 1989. Con este acontecimiento se podría decir que empezó el japonesito Fukuyama a escribir "El fin de la Historia", la que concluyó con la desaparición del mapa político de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, bajo la aquiescencia de M. Gorbachov.

Con el derrumbe del bloque soviético y toda su influencia geoestratégica y política, se dejó sentado perfectamente que el mundo estaba en manos del liberalismo y de un capitalismo feroz altamente depredador. Se diluyeron el contrapeso y el equilibrio.

Se derruyó un muro y comenzó a levantarse otro: el de unos pocos ricos y el de muchos pobres. Quinientos son los que están a un lado, que son los más ricos del mundo, y en el otro los 500 millones más pobres.

Y no contentos, los empavonados capitostes de las finanzas que han contribuido a que su muro se tambalee, lo han reforzado en Israel para separarse de Palestina. En el continente africano, alejándolo de las tecnologías e inundándolo de malaria, de sed, hambre y de sida, enviando a la más descarada indigencia y hacia una muerte lenta y perfectamente calculada a millones de seres que apenas merecen una línea o un mero comentario sobre su calamitosa situación. Son seres menores que sólo sirven como mano de obra barata en la más perfecta emulación de la esclavitud de la que se dice se abolió , lo que sería en la letra pero no en los gestos, en el dolor y menos en el ordeno y mando.

La fuerza y el poder de unos pocos es lo que ha intervenido siempre, y desde que el mundo es mundo con el afán de cambiarlo. Pero para hacer esos cambios lo hacen a su justa medida sin importarles un pimiento quién se queda tras de ellos; quiénes son los que intentan saltar; y si así lo pretenden; se pone más alto, más inaccesible para que fracasen en sus propósitos y claven sus carnes ateridas y escuálidas en las púas de las alambradas.

Muro inmenso, interminable, que ha levantado Marruecos para separar al pueblo saharaui, al que, desde la Marcha Verde, que pronto también se conmemorará desde aquel año de 1975 para rendir pleitesía y honores a un rey que se hace llamar demócrata y que tiene dentro de su territorio mazmorras horrendas y mugrientas que nos hacen recordar, más que otra cosa a las de la Edad Media adornadas, eso sí, desde la distancia con el oro y los oropeles de los cuentos de "Las mil y una noches".

Muros entre pueblos que han querido respirar sus aires de libertad y que se les ha asfixiado con los tapones fabricados por los de siempre, por los intereses de esos 500 ricos, que son los que mandan y dirigen el mundo. Los que están en Irak, Afganistán defendiendo el negocio del petróleo y de las adormideras.

Muros que estrangulan decisiones y que comprometen dificultando la supervivencia de muchos pueblos y de colectividades.

Tendrían que romperse, darse las manos y ante tanto despropósito y tanta memez estólida; al menos abrir un hueco que haga ver qué es lo que hay al otro lado, pero no para copiarlo o emularlo, sino para modificarlo. Quinientos millones deben algún día ser más que esos quinientos a secas.

 

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